DEL BARRO A LA PAZ: Juventud,Trabajo y Matrimonio: Capítulo 5

 

DEL BARRO A LA PAZ: Juventud,Trabajo y Matrimonio Capitulo 5


Dignidad en el Esfuerzo: 

"Salir de la casa hogar fue como abrir los ojos por primera vez. A los dieciséis años, cargaba un equipaje invisible: traumas y hambre acumulada, pero también aprendizajes valiosos y una disciplina férrea que solo la necesidad sabe forjar.

Mi juventud no siguió el guion de los muchachos de mi edad. Mientras otros buscaban diversión, mi mente estaba ocupada en cómo llenar el plato del día siguiente, cómo no repetir los errores del pasado y cómo construir un futuro donde la miseria fuera un recuerdo y no la regla.

 

      Químicas Dinant Tegucigalpa

Mi primer paso en el mundo laboral fue en Químicas Dinant, una fábrica de jabones. Era un entorno hostil: olores penetrantes, jornadas largas y un esfuerzo físico agotador. Sin embargo, allí reafirmé que ningún trabajo honesto carece de dignidad cuando se pone el corazón en la tarea. Tras un año de aprendizaje entre máquinas y detergentes, decidí dar un giro a mi camino y me incorporé al oficio de la pintura."

 


El Legado en el Detalle:

"En aquellos años, mi vida tomó un rumbo definitivo. Bajo la tutela de mi maestro, don Carlos Vásquez, me convertí en tapicero, un oficio que me otorgó identidad y el sustento para mis hijos. Perfeccioné mi técnica en Fashions Elizardy, una de las fábricas de muebles más prestigiosas de Tegucigalpa, propiedad del señor Elías Lizardo. Allí, la ambición de aprender me llevaba a quedarme por las noches, sumergiéndome también en los secretos de la ebanistería.

 

Don Elías no era un empresario cualquiera; era uno de los hijos adoptivos del General Tiburcio Carías Andino. Por ello, cuando llegó el encargo de fabricar un cojín para la silla personal del General, no lo recibimos como un pedido común, sino como un acto de devoción filial y respeto histórico.

 

La silla era una pieza soberbia de madera tallada estilo Luis XIV, revestida en cuero original. Sin embargo, a sus 92 años, el General necesitaba una suavidad que el cuero ya no podía brindarle. Don Carlos diseñó un cojín especial, confeccionado con telas finas y relleno de plumas seleccionadas, pensado exclusivamente para aliviar el descanso de aquel hombre que había marcado el destino de Honduras.

      Casa del General Tiburcio Carias Andino
 

Recuerdo vívidamente el trayecto hacia su residencia en el Barrio La Moncada. Al entrar, la atmósfera transpiraba un respeto absoluto. Allí estaba el General, el 'Hombrón de Zambrano', conservando a pesar de su avanzada edad la misma presencia imponente de siempre. Entregar ese cojín, elaborado por nuestras manos artesanas en la fábrica de su hijo, fue como ofrecer un breve alivio a la historia misma.

 


Aquel oficio me permitió ser testigo de un vínculo íntimo y humano. Entré a esa casa como un joven aprendiz y salí comprendiendo que la tapicería no solo viste muebles, sino que sostiene la humanidad de quienes los habitan. Tapizar no era solo coser o tensar resortes; tapizar era transformar. Era devolverle la vida a lo que se creía perdido y, en cierto modo, era lo mismo que yo estaba haciendo con mi propia historia

El Arte del Color y la Cima Profesional:
Con el tiempo, mi vida se fundió con el color. La brocha dejó de ser una herramienta para convertirse en una extensión de mis manos, permitiéndome alcanzar un lugar privilegiado entre los pintores de Honduras. Mi trayectoria quedó grabada en la piel de la nación: desde la imponencia del Hotel Honduras Maya y el IHSS, hasta la robustez de la Cementera de Piedras Azules, la majestuosidad de la Central Hidroeléctrica El Cajón y la sobriedad del Consulado de la Embajada Americana. Cada fachada que pinté fue un testimonio de que la disciplina que nació en la casa hogar había dado sus frutos.

 



El Ritmo de la Juventud:
Sin embargo, mi mundo no solo era la precisión del trazo; también era la libertad de la pista. Los domingos, junto a mi hermano Luis Alberto, nos convertíamos en los arquitectos de la alegría en los barrios capitalinos. Cargábamos un tocadiscos de baterías —nuestro pasaporte al júbilo— y una maleta de discos que contenía tesoros de Ángel Viloria y Damirón. Cuando el merengue empezaba a sonar, el cansancio de la semana desaparecía. Éramos los dueños del tiempo: la fiesta nacía con nosotros y solo moría cuando nuestros pies, o nuestro orgullo, decidían que era hora de retirarnos.

 


Liderazgo y Conciencia Social:
Pero mi inquietud iba más allá de lo personal. El hambre y la incertidumbre que conocí de niño se transformaron en una vocación de servicio. Como secretario general del Sindicato de Pintores y cofundador de ligas de fútbol, entendí que el progreso debe ser colectivo. Mi mayor orgullo fue la lucha en el patronato que permitió a cientos de familias tener hoy un techo en Lomas del Norte y El Carrizal. Recuperar tierras para los humildes fue mi manera de asegurar que otros no tuvieran que vivir la miseria que yo conocí.


                                                                 El Carrizal

Incluso en mis batallas más privadas encontré una causa, al cofundar un grupo de Alcohólicos Anónimos. Allí comprendí que ayudar a otros a vencer sus sombras era la mejor forma de iluminar mi propio camino.

 

El Reencuentro y la Reconciliación:
Al final, el éxito profesional y el liderazgo social no estaban completos sin la paz en el hogar. La relación con mis hermanos se fortaleció y el destino me regaló la oportunidad más sagrada: volver a trabajar junto a mi padre. Verlo de nuevo, ya no desde la mirada vulnerable del niño, sino desde el respeto del hombre experimentado, me permitió sanar viejas heridas. Trabajar codo a codo con él fue el barniz final que selló mi historia; una prueba de que, a pesar de los desafíos, el amor y el respeto familiar son los únicos vínculos que el tiempo no logra desgastar.



 

 

El Orgullo de Yuscarán:

"El recuerdo de mi primera visita a Yuscarán, el pueblo de mi abuela, quedó grabado a fuego en mi corazón. Aquella vez, el gozo de conocer finalmente a mi familia se mezcló con la magia del lugar, un destino al que regresaría múltiples veces para alimentar mis raíces.

 

Esas visitas no solo estaban cargadas de alegría, sino también de esa picardía juvenil que, más de una vez, me metió en problemas. Recuerdo especialmente una tarde en la que caminaba por las empedradas calles del pueblo, luciendo con orgullo el uniforme de mi éxito: mis pantalones acampanados, zapatillas negras sin cordones, mi reloj Seiko automático y unos anteojos Ray-Ban que me hacían sentir dueño del mundo.

 

                                                                Yuscaran

Mientras mascaba un chicle de menta con total parsimonia, pasé frente a un grupo de muchachos sentados en una acera. Uno de ellos, sin intención alguna de ser discreto, soltó una frase que aún resuena en mi memoria:
“Ahí va ese maje que solo viene a piquetear”.

Aquella frase capturaba perfectamente la rivalidad de la época. En Yuscarán, el orgullo no solo se sentía, se exhibía. Esos encuentros solían derivar en desafíos y duelos de baile, donde el honor no se defendía con puños, sino con la destreza de los pasos de merengue y la elegancia del porte. Al final, 'piquetear' no era presumir por vacío, sino demostrar que aquel niño que salió de la casa hogar había logrado transformarse en el hombre que ahora caminaba con la frente en alto por el pueblo de sus ancestros."

 

1969: El Año que Definió mi Camino:

El año 1969 quedó grabado en mi memoria como el tiempo en que la vida, por fin, decidió florecer. Fue una época de esfuerzos compartidos y cimientos sólidos. En aquel entonces, vivía en el hogar de mi hermano Arnaldo y su compañera, Reyna Isabel Montoya. Bajo ese techo vi nacer y crecer a mi sobrinos Miguel Arnaldo y Osiris, y compartí la infancia de Zinnia, Edwin y Esmeralda. Ellos no solo me abrieron las puertas de su casa; se convirtieron en mi puerto seguro, en mis consejeros y en ese apoyo fundamental que todo joven necesita para atreverse a soñar.

 



Mis días eran una jornada incansable de crecimiento. Por el día, mis manos se curtían en el oficio que me daría identidad, y por la noche, mi mente se abría paso cursando mi primer año de carrera. En medio de ese ajetreo, el corazón también encontró su lugar. Estaba de novio con Sagrario Elizabeth, a quien visitaba casi a diario, encontrando en su compañía el refugio y la ilusión necesarios para no rendirme.

 

Un Comienzo Lleno de Ilusión:
A los diecinueve años, el 31 de julio de 1971, uní mi vida a la de Sagrario Elizabeth, quien entonces tenía dieciocho años. Éramos dos jóvenes que la vida había cruzado tras mi salida de la casa hogar; éramos inexpertos y carecíamos de bienes materiales, pero nos sobraba esperanza.

 

Nuestro sueño era audaz: queríamos formar un hogar distinto al que habíamos conocido, uno cimentado en el amor, el trabajo honesto y la estabilidad. Ambos trabajábamos hombro a hombro, luchando incansablemente por construir un futuro para el cual —aunque nadie nos había preparado— estábamos decididos a conquistar.

 

 

El "Príncipe Amarillo" y la Boda en la Catedral

Habíamos sido novios durante tres años, un tiempo en el que confirmamos que estábamos hechos el uno para el otro. Sin embargo, éramos los únicos que compartíamos esa certeza. Su madre, Marta, y su tía Rosario, soñaban para Sagrario un matrimonio con alguien de una escala social distinta. En su círculo, a ella la llamaban la "Princesa Azul", mientras que, a mí, con un matiz de desprecio, me apodaban el "Príncipe Amarillo".

 


Lejos de amedrentarnos, la oposición alimentó nuestra determinación. Con la intervención crucial de mi hermana Marilia y el apoyo incondicional de Arnaldo y Reyna, logramos lo impensable: nos casamos en la Catedral Metropolitana de Tegucigalpa. Celebrar nuestra unión en ese recinto, reservado históricamente para las familias más influyentes de Honduras, fue nuestro desafío silencioso a las convenciones de la época y el primer gran triunfo de nuestra vida juntos.

 

Los Cimientos de un Hogar:
Nuestra vida matrimonial no comenzó entre lujos, sino en la bendición de la compañía. Nos instalamos en la colonia San Cristóbal de Comayagüela, en un cuarto diminuto donde apenas cabía una cama unipersonal. En ese espacio pequeño para el mundo, pero inmenso para nosotros, cabían todos los sueños y planes del futuro que estábamos por construir.

 

No hubo tiempo para lunas de miel; el compromiso con el sustento era sagrado. Apenas una semana después de darnos el "sí", el trabajo me llamó a Choluteca. Permanecí allí un mes, trabajando incansablemente para asegurar que los cimientos de nuestro hogar fueran sólidos. Esa disciplina y el ahorro compartido nos permitieron preparar el nido para nuestra mayor alegría: la llegada de nuestra primera hija.

 

El Cierre de un Círculo:
Aquel joven que en 1968 entregaba con respeto un cojín al General Carías en el barrio La Moncada, era ahora un hombre de familia. Comprendí entonces que el verdadero arte no residía solo en tallar madera o tapizar sillas Luis XIV; el arte más difícil y hermoso es la capacidad de construir una vida digna con las propias manos.

 

De esa unión, nacida de la fe y el esfuerzo, floreció mi mayor legado, mis hijos: Rosaura Suyapa, Karen Janneth, Yadira Elizabeth, Josué Ananías y Moisés Aarón.

 

El Milagro de Rosaura Suyapa y la Sombra del Recuerdo:

Con cuatro meses de embarazo de sagrario, alquilamos una casa en el barrio El Reparto, preparando con ilusión el nido para nuestra primera hija. Sin embargo, el camino no fue fácil. A los seis meses, una grave amenaza de aborto puso en riesgo la vida que tanto anhelábamos. Como fervientes devotos de la Patrona de Honduras, entregamos nuestra angustia a la Virgen de Suyapa, prometiéndole que, si la niña sobrevivía, llevaría su nombre.

 

El milagro se cumplió. El 11 de mayo de 1972 nació nuestra primera hija, a quien nombramos Rosaura Suyapa: un puente entre el nombre de mi madre y la gratitud a la Virgen. Su llegada nos enfrentó a la responsabilidad más hermosa y sagrada de nuestras vidas.

 

La Luz y la Advertencia:
Rosaura creció iluminando cada rincón de nuestra existencia. Se convirtió en mi sombra inseparable; era la pequeña madrina del "Deportivo Cali", el equipo de fútbol del barrio, donde mis compañeros la llamaban cariñosamente "Chochawa". Esos domingos de sol, fútbol y risas infantiles están grabados a fuego en mi corazón.

Pero entre esos recuerdos de luz, habita una sombra que hoy reconozco como una señal premonitoria. Recuerdo una tarde de un domingo en la que, habiendo comenzado a beber, cargué a Rosaura sobre mis hombros y me encaminé a la cantina. Horas después, regresé a casa solo. No fue hasta que mi esposa, con el corazón en la mano, me preguntó por la niña, que la realidad me golpeó con una frialdad aterradora: la había olvidado allí.

 

Hoy, la distancia me permite recordar ese incidente con una risa nerviosa, ese mecanismo de defensa ante lo absurdo. Pero bajo la anécdota se escondía una verdad dolorosa: aquel descuido imperdonable fue la primera advertencia de que el alcohol —ese fantasma que marcó la vida de mi padre y mi propia infancia— ya había comenzado a reclamar su espacio en mi propia historia. A pesar de esa señal, la vida seguía su curso, y la inteligencia precoz de Rosaura continuaba iluminando nuestro hogar, sin saber que el destino nos pondría a prueba muchas veces más.

 

Las Primeras Tormentas y la Bendición de Karen Janeth:

Con el paso del tiempo, las primeras fisuras comenzaron a agrietar nuestro matrimonio. La inexperiencia, los celos y el peso de mis propias sombras salieron a flote. Cuando Rosaura tenía apenas un año, enfrentamos nuestra primera separación. El alcohol, ese visitante indeseado que conocía desde mi niñez, empezó a apoderarse de mis días; las borracheras, las llegadas tarde y las discusiones constantes hicieron que nuestro hogar se tambaleara peligrosamente. Sin embargo, en medio del caos, logramos encontrar la fuerza para reponernos y decidimos seguir luchando contra la adversidad.

 

En ese contexto de fragilidad y esfuerzo, el 1 de febrero de 1975 la vida nos regaló una nueva bendición. Me encontraba en la ciudad de Teupasenti, El Paraíso, trabajando junto a mi hermano Luis Alberto en la pintura de una escuela. Allí, entre brochas y andamios, recibí la noticia: había nacido mi segunda hija, Karen Janeth. El compromiso laboral, sagrado para el sustento de mi familia, me impidió salir de inmediato; regresé a casa ocho días después, cargando con la alegría de la noticia y el peso de la ausencia.

 

Cuando finalmente sostuve en mis brazos a aquella "monada" de bebé, sentí un amor que desbordó mis expectativas. Me invadió un profundo remordimiento por no haber estado presente en su primer suspiro, pero su llegada se convirtió en el motor que necesitábamos para intentar, una vez más, sacar adelante a nuestra familia. Karen no solo fue una hija más; fue la prueba de que, a pesar de las tormentas, seguíamos dispuestos a construir un futuro sobre la base del perdón y la esperanza.

 

Una Tregua y un Giro Inesperado:

El nacimiento de Karen Janeth pareció traer consigo una tregua necesaria a nuestro hogar. Su llegada nos unió nuevamente en torno a la crianza de nuestras dos pequeñas. Disfrutamos de una etapa de calma, compartiendo la alegría de verlas crecer. Sin embargo, las circunstancias pronto nos llevaron a un punto de inflexión: Sagrario tomó la decisión de dejar su trabajo remunerado para dedicarse por completo al cuidado de nuestras hijas, asegurándose de que estuvieran seguras y atendidas en todo momento. 

 

El Incidente en San Cristóbal:

Vivíamos en la colonia San Cristóbal de Comayagüela cuando la calma se rompió. Un domingo, mi padre llegó a la casa "ingerido de alcohol", y desafortunadamente, yo también había estado bebiendo ese día. La atmósfera se cargó de una tensión familiar predecible. 

 

En medio de ese ambiente cargado, mi padre le dijo algo a Sagrario que la molestó profundamente. La discusión escaló rápidamente; las palabras se volvieron afiladas, reavivando viejos resentimientos. La situación se volvió insostenible, y Sagrario, visiblemente afectada y preocupada por el bienestar de las niñas, decidió llevarlas a casa de su abuela. La casa quedó sumida en un silencio pesado, un vacío que me obligó a la reflexión.

 

La Lucha Continua por el Bienestar Familiar:

Después de un corto tiempo de separación, regresé con Sagrario. Reanudamos nuestra vida juntos, lidiando siempre con problemas y desafíos, pero ahora armados con la dura experiencia vivida. Tratábamos de seguir luchando por el bienestar de nuestras hijas, poniendo todo nuestro empeño en sacar adelante a la familia.

 

Ese incidente me afectó profundamente. Nunca pude olvidar el dolor y el temor que yo mismo viví en mi infancia a causa del alcoholismo y los conflictos familiares. Ese recuerdo constante se convirtió en un pesar y un temor genuino de que mis propios hijos fueran afectados de la misma manera por mis defectos, mi inexperiencia o mis adicciones. Esa preocupación se transformó en un motor inagotable que me impulsaba a tratar de ser un mejor hombre y un mejor padre cada día, a romper el ciclo antes de que fuera demasiado tarde. 

 

El Despertar de la Herencia: Mi Primer Encuentro con AA

A mis veintitrés años, la realidad me golpeó con una fuerza aterradora. Comprendí que había heredado de mi padre no solo el apellido, sino una enfermedad implacable que empezaba a consumirme: el alcoholismo. El síntoma de alerta fue físico y traumático; mi cuerpo se rebeló y mis miembros inferiores se paralizaron por completo. Esa crisis me obligó a cruzar las puertas del Hospital Neuropsiquiátrico de Tegucigalpa, ya no como un hombre libre, sino en calidad de enfermo.

 

Al ver que el alcohol tomaba el control total de mi vida y amenazaba con calcar, paso a paso, la triste historia de mi padre, sentí un miedo profundo que me caló hasta los huesos. Fue entonces cuando decidí buscar ayuda en Alcohólicos Anónimos (AA). Comencé a asistir a un grupo en el barrio, buscando con desesperación una salida a ese laberinto que yo mismo había construido.

Sin embargo, en aquel entonces, mi convicción aún era frágil. Quizás no estaba completamente convencido de mi derrota, o tal vez no era el momento exacto en que estaba destinado a recibir esa medicina espiritual. Mi compromiso flaqueó y la disciplina que el programa exigía se sintió como una carga demasiado pesada. Me alejé del grupo y, en poco tiempo, la sombra del alcohol volvió a oscurecer mis días. Regresé al mismo ciclo de derrota que tanto temía, dándome cuenta de que la lucha apenas comenzaba y que el enemigo era mucho más fuerte de lo que mi voluntad de joven podía soportar.


La Libertad: Un Arma de Doble Filo:

Hoy, al mirar hacia atrás con la claridad que solo otorgan los años, comprendo una verdad que entonces permanecía oculta: mi independencia profesional fue, irónicamente, el combustible que alimentó mi enfermedad.

 

A diferencia de muchos, mi destreza en la tapicería y la pintura me permitió ser, casi siempre, mi propio patrón. Nunca dependí de una estructura laboral rígida ni de la vigilancia de un jefe. Esa autonomía, que en el mundo del arte es un símbolo de éxito y maestría, terminó convirtiéndose en mi mayor debilidad.

 

Gozaba de una libertad absoluta para desligarme de mis obligaciones en el preciso momento en que el impulso de beber me reclamaba. Aunque era plenamente consciente de que estaba incurriendo en irresponsabilidades con mis clientes y de que ponía en riesgo el prestigio de mi nombre profesional, la falta de supervisión externa me permitía desaparecer en el alcohol. No tenía que rendir cuentas a nadie más que a mi propia conciencia, y en aquel entonces, mi conciencia estaba anestesiada por la bebida. La libertad de ser "mi propio dueño" terminó por convertirme en esclavo de una enfermedad que no conocía horarios, ni compromisos, ni respeto por el talento que mis manos poseían.

 

 

Yadira Elizabeth: Un Nuevo Amanecer en el Hogar.

El 28 de diciembre de 1976, nació nuestra tercera hija, Yadira Elizabeth. Con su llegada, las tormentas en nuestro hogar habían mermado significativamente; las peleas y la sombra constante del alcoholismo parecían quedar atrás. Todo indicaba que, con esfuerzo y una fe inquebrantable, habíamos logrado superar las situaciones adversas. Nos sentíamos realizados con nuestras tres niñas, aunque para ese entonces ya habíamos perdido la esperanza de tener un hijo varón. La situación económica también había mejorado notablemente, lo cual trajo consigo una mayor estabilidad y paz mental. En ese periodo, me había reinventado profesionalmente: había instalado mi propio taller en casa y la tapicería se había consolidado como mi sustento principal. Este nuevo capítulo nos permitía mirar al futuro con un optimismo que antes nos era ajeno.

 

El Padre en la Tormenta: Un Esfuerzo de Amor

A pesar de habitar en aquel torbellino de emociones no saludables, algo en lo más profundo de mi ser se mantenía intacto: el deseo ferviente de ser para mis hijas el padre que ellas merecían. Comencé a luchar contra mi forma de beber, emprendiendo un esfuerzo consciente y genuino por mantenerme sobrio. No quería que mi presencia en casa fuera un simple cuerpo ocupando un espacio; anhelaba que mis hijas conocieran mi mejor versión, la que habitaba en mi corazón y no en el fondo de una botella.

 

Me volqué con renovada fuerza hacia mi hogar. Esos momentos con ellas se convirtieron en mi refugio y en mi fortaleza. Me esforzaba por darles lo mejor de mí, dedicándoles cada gramo de tiempo que mis manos y mi mente me permitían. Me convertí en su compañero de juegos, en el espectador privilegiado de sus primeras travesuras y en el celoso protector de su alegría.  Disfrutaba intensamente de sus ocurrencias; sus risas eran el único sonido capaz de silenciar, aunque fuera por breves instantes, la ansiedad que la enfermedad provocaba. En medio de la batalla por mi propia libertad, encontré en la paternidad un propósito sagrado: asegurar que, a pesar de mis propias sombras, el mundo de mis hijas estuviera siempre inundado de luz y de la calidez de un padre presente.

 

Un Domingo Transformador: El Día que Dios Llegó a Mi Vida

1977 (no recuerdo la fecha exacta), un domingo por la mañana, sufría las consecuencias de la "goma" después de haber bebido intensamente el sábado anterior. Mi esposa, Sagrario, que había comenzado a asistir a la Iglesia Evangélica Cuadrangular, me invitó a ir con ella. Rosaura, mi hija mayor (5 años), me insistía con dulzura para que fuéramos.

Finalmente accedí, pero puse una condición: —"Voy, pero al salir me compran un trago", les dije.
Sagrario estuvo de acuerdo.

 

Al llegar a la iglesia, le dije: "Sentémonos cerca de la puerta, por si me siento mal, me retiro sin problema". Me senté a la orilla de la banca, con mi ruta de escape planeada.

El servicio comenzó, y mientras el pastor predicaba, sentía que no me quitaba la mirada de encima y que algo en mi interior se estaba moviendo, cambiando. Cuando hizo el llamado al frente para aceptar al Señor, me agaché lo más que pude en mi asiento, tratando de pasar desapercibido, como para que no me vieran.

 

De repente, alguien me tocó. Abrí los ojos y me encontré en una situación inexplicable: estaba sentado en medio de la banca, y había personas en los extremos. Para yo salir, ellos tendrían que haberse levantado. Lo que es aún más asombroso, tenía mis dos manos levantadas en señal de aceptar al Señor.

Fui al frente y el pastor oró por mí. En ese instante, me sentí completamente liberado de todo malestar; no sentía la "goma" ni el efecto del alcohol que había ingerido.

Cuando llegamos a casa, mi esposa, muy contenta por lo que había presenciado, me dijo:
—"Te voy a mandar a comprar el trago, porque así lo acordamos".
—"No lo necesito", le respondí.

Y así fue. Pasaron ocho años esperando por aquel trago; el alcoholismo había salido de mi vida para no regresar.

 

El Renacer: Paz, Alabanza y Servicio

Tras años de tormentas y búsquedas fallidas, la vida nos condujo a un puerto seguro: la 2da Iglesia Cuadrangular del barrio El Reparto. Allí, Dios tocó las fibras más profundas de mi ser, y por primera vez conocí algo sublime. Experimenté una fuerza superior que me conectó con un mundo diferente, donde el amor y la tranquilidad dieron un rumbo nuevo a mi existencia y a la de mi familia. Las sombras del pasado fueron disipadas por una fe inquebrantable.

 

En este camino de bendición, Dios puso en mi vida a personas extraordinarias. Conocí al Pastor Raúl Palacios, un hombre cuya presencia irradiaba un amor poco común; su rostro se iluminaba de una manera espectacular, reflejando la paz que yo tanto había ansiado. En Dios encontré las respuestas que nadie había podido darme y el amor genuino que sanó las heridas de mi historia personal.

 


Mi transformación fue integral. Comencé a trabajar en mi oficio de tapicero con un ahínco renovado, y las bendiciones materiales y espirituales no se hicieron esperar. Pero el regalo más grande fue el servicio. Junto a mis hermanos Luis Cerrato y el hermano Favio Andino —quien, a pesar de su ceguera, poseía un talento musical prodigioso— formamos un trío especial. Dios los eligió para que la alabanza fluyera a través de sus instrumentos, mientras que de mis labios brotaba la Palabra. Juntos, recorrimos un camino de entrega, llevando esperanza a otros y consolidando en nuestro hogar la paz que solo se encuentra al servir al Señor.

 

El Primer Gran Milagro: La Certeza de Josué Ananías

En 1978, al saber que Sagrario estaba embarazada por cuarta vez, sentí un impulso profundo de hablar con el Creador. «Padre», oré con humildad, «ya nos disté tres niñas; ahora quisiéramos un varón». La respuesta del Señor fue inmediata y rotunda: a través de una revelación clara, recibí la promesa de que un hijo varón llegaría a nuestro hogar.

 

Desde el día siguiente, mi vida se transformó en un testimonio de fe activa. No esperé en silencio; comencé a pregonar la noticia y a preparar su llegada con la diligencia de quien ya lo tiene entre sus brazos. Compré ropa de niño y alisté una cuna de color amarillo, el color de la luz y la esperanza.

 

Muchos, incluso hermanos de la congregación, me cuestionaban con duda: «¿Y si es niña, hermano Juan?». Pero mi seguridad no dependía de la lógica humana, sino de la Palabra. Les respondía con la firmeza de Números 23:19: «Dios no es hombre para mentir, ni hijo de hombre para arrepentirse». Tal era mi certeza que, apenas veinticuatro horas después de la revelación, ya lo había bautizado en mi corazón como Josué Ananías, en honor a dos hombres cuya fe fue capaz de mover montañas.

 

El 31 de julio de 1978, el Señor selló su palabra. El nacimiento de Josué Ananías no fue solo un evento biológico; fue una ratificación divina y la señal física de que las promesas hechas a mi vida se cumplirían.

 

Sin embargo, este milagro trajo consigo un desafío que me obligó a enfrentar los fantasmas de mi propia infancia. Una mujer, amparada en su riqueza, le sugirió a mi esposa que le regalara al niño, prometiendo que «no le faltaría nada». Al enterarme, la dignidad de padre y de hombre de Dios se encendió en mis entrañas. «Nosotros no engendramos perros para regalar», sentencié con firmeza. Le recordé que, así como habíamos criado a tres hijas con esfuerzo, criaríamos a nuestro hijo con el mismo amor. Aquel día, al proteger a Josué, terminé de sanar mi propia historia: mi hijo jamás conocería el vacío de un padre, porque Dios me había dado la fuerza para ser su escudo.

 

El Legado de Yuscarán: El Adiós a la Abuela Juana

Mientras mi vida se colmaba con la bendición de mis hijos y el servicio en la iglesia, en 1978 el cielo reclamó a uno de los pilares fundamentales de mi origen. En el histórico pueblo de Yuscarán, partió mi abuelita, Juana Rodríguez, a la asombrosa edad de ciento diecisiete años.

 

Doña Juana no solo fue la mujer más longeva de su pueblo; fue un monumento viviente a la humildad y la fortaleza. Su partida conmovió a toda la comunidad, que la amaba y respetaba como a una reliquia humana, testigo silencioso del tiempo. Para nosotros, su familia, ella nos dejó un legado que no se puede medir en bienes: la prueba de que la sangre que corre por nuestras venas está forjada con una resistencia extraordinaria.

 

Verla partir después de haber atravesado más de un siglo de vivencias me obligó a reflexionar sobre la profundidad de mis raíces. Ella vio desfilar la historia de Honduras desde el siglo XIX, y su longevidad fue, para mí, el preludio de la estabilidad que yo estaba alcanzando en mi propia existencia. Su memoria quedó grabada en las calles empedradas de Yuscarán como un recordatorio eterno de que la vida, cuando se vive con sencillez y dignidad, puede ser larga y fructífera. Su ejemplo me confirmó que yo también estaba destinado a durar, a resistir y a construir un nombre que el tiempo no lograra borrar.

 

 

Memorias en el Corazón de la Roca: El Cajón (1980)

Corría el final de 1980. Mientras el mundo miraba hacia el futuro, un grupo de hombres nos internábamos en las entrañas de la montaña, justo en la confluencia de los ríos Humuya y Sulaco. Yo fui uno de los seleccionados para una misión crítica: aplicar recubrimientos epóxicos en las instalaciones del ambicioso proyecto hidroeléctrico Francisco Morazán.

El Descenso al Túnel
Trabajar en "El Cajón" no era para cualquiera. Los túneles se extendían como venas de concreto perforando la roca, con temperaturas que oscilaban entre los 39 y 45 grados centígrados. Al entrar, el aire se volvía denso y el olor químico de las pinturas epóxicas —diseñadas para resistir décadas bajo el agua— lo inundaba todo. A medida que avanzábamos hacia el fondo, el oxígeno escaseaba; sentía cómo la presión arterial me jugaba malas pasadas y el cuerpo perdía fuerza mientras la mente luchaba por mantenerse alerta en aquel entorno sofocante.

 


El Mito y la Realidad
En aquel entonces, entre los trabajadores circulaba una creencia peligrosa: pensábamos que el alcohol era nuestro aliado. Creíamos firmemente que una dosis de aguardiente al salir de la jornada ayudaría a "limpiar" los pulmones de los químicos. Era una medicina de campo, nacida del desconocimiento. Sin embargo, mi cuerpo reaccionó de la peor manera. Lejos de ser un remedio, el alcohol exacerbó mis problemas de salud, recordándome el daño que ya había acumulado mi organismo.

 

El Límite en la Casa de Máquinas
No estaba solo en esta faena; me acompañaban mi hermano Arnaldo, junto a Rigoberto y Helberth Gómez entre otros. El momento definitivo ocurrió en la casa de máquinas, el corazón donde hoy residen las enormes turbinas de 75 MW. Estábamos trabajando sobre andamios a nueve metros de altura, una posición que exige nervios de acero. Pero la ingesta de alcohol de la noche anterior, sumada a los vapores tóxicos y al calor extremo, disparó en mí una crisis de nervios incontrolable.

 

A esa altura, mi cuerpo y mi mente se desconectaron. El riesgo de una caída fatal era inminente. La única forma de ponerme a salvo fue mediante un rescate de emergencia: mis compañeros tuvieron que bajarme amarrado con lazos, descendiendo lentamente mientras el pánico me dominaba.

 

El Adiós a la Gran Obra
Ese día, al tocar tierra firme, comprendí que la montaña no daba segundas oportunidades. A pesar de que el proyecto generaba utilidades económicas inigualables para la época, mi salud gritó "basta". Solo pude sostener aquel ritmo por cuatro meses.

 

Hoy, al ver la majestuosidad de la central —un orgullo nacional que puedes conocer más a fondo a través de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE)—, sé que en esas paredes quedó impregnado no solo el material epóxico, sino también el sacrificio de quienes estuvimos allí cuando la obra apenas despertaba. Para mí, El Cajón no es solo concreto y electricidad; es el recordatorio de una lección de vida sobre el límite del cuerpo y el valor de la seguridad.

 

 

 

1981: El Refugio de Madera en El Reparto

El año 1981 quedó grabado en nuestra historia como el momento en que las promesas de Dios se materializaron bajo un techo propio. En el corazón del barrio El Reparto, el Señor nos abrió las puertas de nuestra primera casa. A simple vista, era una construcción de madera sencilla, sin pretensiones; sin embargo, para nosotros era la más bella de Tegucigalpa. No eran las paredes lo que la hacían especial, sino lo que representaban: la seguridad que nunca antes habíamos sentido.

 

De un Cuarto de Pino a un Castillo de Dos Plantas
Nuestra historia en El Reparto comenzó con la sencillez más absoluta: una sola habitación de 4x4 metros, elevada sobre bases de madera con paredes de tablas de pino de centro. Aquel suelo crujía con cada paso, recordándonos que cada centímetro nos pertenecía. Lo más valioso no eran los metros cuadrados, sino la dignidad de tener una unidad sanitaria propia y un espacio donde nadie podía mandarnos a callar.

 

Con el paso de los años, el trabajo incansable y la fe multiplicaron nuestro esfuerzo. Aquella habitación solitaria se transformó, como por milagro, en una casa de dos plantas. El pino dio paso al concreto, y construimos una anexa con dormitorios amplios y una cocina donde el fuego del hogar nunca se apagaba. Ver a mis hijos con una sala propia para sus tareas y espacio para correr sin restricciones fue la confirmación de que cada sacrificio —incluyendo los duros meses en los túneles de El Cajón— había valido la pena.

 

El Fin del Destierro: La Libertad de ser Dueños
Por fin terminaba aquel tiempo de andar como extranjeros en nuestra propia tierra, de barrio en barrio, sufriendo la humillación de quienes nos negaban el alquiler por el "pecado" de tener muchos niños. Lo que más me dolía era ver a mis hijos frenar sus risas y juegos por el silencio impuesto por dueños de casas ajenas.

 

En 1981, en aquel cuarto de pino de centro, esa cadena se rompió. Al cruzar el umbral de nuestra propia casa, las humillaciones se quedaron afuera. Dios no solo nos dio paredes; nos dio dignidad. Aquella estructura sencilla fue el escenario del milagro más grande: ver a mis hijos ser, por primera vez, simplemente niños en su propio hogar, protegidos por el escudo de un techo que nadie les podía quitar.

 

Una Vida entre Telas y Caminos: Mis Años en Hedman Alas

En 1981, mi camino profesional dio un paso definitivo. Comencé a laborar como tapicero en la prestigiosa empresa de transporte Hedman Alas, en la ciudad de Comayagüela, siendo recibido con los brazos abiertos por el señor Alexander Deras y su esposa, doña Antonia de Hedman, quienes me brindaron no solo una oportunidad de empleo, sino un trato humano que marcó el inicio de una nueva era en mi vida.

Lo que comenzó como una nueva etapa se convirtió en una trayectoria de treinta y tres años de fidelidad y servicio. En los talleres de la empresa, mi oficio de tapicero cobró una dimensión distinta.

 


Mis manos, que una vez confeccionaron un cojín para el General Carías, se dedicaron ahora a garantizar el confort y la elegancia de las unidades que cruzaban las carreteras del país.

Esa estabilidad laboral fue el fruto directo de mi nueva vida de paz y sobriedad. Durante más de tres décadas, la empresa fue el escenario donde pude demostrar mi responsabilidad, ya no como el "patrón independiente" que flaqueaba ante la tentación, sino como un hombre de Dios comprometido con la excelencia. Gracias a este trabajo, pude proveer con seguridad para mis hijas e hijos, viendo cumplirse, día tras día, las promesas de bendición que el Señor me había dado. Aquellas telas y costuras fueron el hilo conductor con el que terminé de tejer el bienestar de mi familia.

 

Moisés Aarón y el Escudo de Dios: Una Vida en Plenitud (1981-1982)

El 27 de agosto de 1981, nuestra travesía espiritual recibió su confirmación más hermosa con el nacimiento de nuestro segundo hijo varón, Moisés Aarón. Al elegir sus nombres, honramos a los hermanos que guiaron a Israel a través del desierto; para Sagrario y para mí, nuestro hijo era la prueba viviente de que nuestra entrega al Señor había dado frutos y que cada batalla librada había valido la pena.

 

Con la llegada de los varones, el círculo se cerró. Mi vida encontró una plenitud que busqué infructuosamente en el pasado. Me convertí en el compañero de juegos de mis cinco hijos, tirándome al piso para jugar "yakses", saltar la cuerda o compartir cualquier travesura. Asumí con orgullo el papel de "maestro", sentándome a la mesa para guiar sus tareas escolares. Cada momento libre era para ellos; recuerdo con especial cariño nuestros paseos al Parque Naciones Unidas El Picacho, donde bajo el cielo de Tegucigalpa, comprendí que la verdadera paz no habitaba en las cantinas, sino en la risa de mi familia.

 

Un Hogar Transformado
La paz se instaló definitivamente en nuestra casa de El Reparto. Las diferencias de pareja mermaron y encontramos un propósito inquebrantable: ellos eran nuestro objetivo primordial. Al comparar mi niñez con la suya, una promesa silenciosa brotaba de mi corazón: "Ellos nunca vivirán lo que yo viví". Todo mi esfuerzo y mi trabajo fueron por y para ellos.

 

Profesionalmente, la vida también me sonreía. En Hedman Alas, tuve la responsabilidad de realizar toda la tapicería, desde los muebles de las salas de espera hasta los asientos de los emblemáticos buses Blue Bird que cubrían la ruta Tegucigalpa-San Pedro Sula. Mis manos, ahora guiadas por la sobriedad, trabajaban con la precisión de quien sabe que está construyendo un legado.

 

Como broche de oro a esa etapa inolvidable, en 1982 fui testigo de un hito nacional: ver a nuestra selección de Honduras asistir por primera vez a un Mundial en España '82. Como amante del fútbol, ese evento selló un año de gloria personal y colectiva. Hoy, en 2026, miro hacia atrás y veo que ese no fue solo el fin de una lucha, sino el inicio de una vida en plenitud que continúa vibrando en cada uno de mis hijos.

 

10 de mayo de 1987: La Primavera de Rosaura

Hay fechas que se quedan grabadas en el alma con letras de oro, y ese 10 de mayo ha sido, sin duda, una de ellas. En el calendario marcaba el Día de las Madres, pero para nuestra familia y para la comunidad de la Iglesia Cuadrangular, el motivo de alegría se duplicó: celebramos con el corazón henchido de gozo los quince años de nuestra querida Rosaura Suyapa.

 

Recuerdo verla entrar por el pasillo del templo; parecía que el tiempo se había detenido. Atrás quedaba la niña de juegos y risas infantiles para dar paso a una joven llena de luz y promesas. El ambiente en la iglesia era de una paz profunda, esa que solo se siente cuando se sabe que un hijo está caminando bajo la bendición de Dios.

 



Durante el servicio, el mensaje del pastor nos recordó la importancia de guiar sus pasos en la fe, pero lo que más atesoraré en mis memorias fue el brillo en los ojos de Rosaura cuando recibió la bendición frente al altar. En ese momento, rodeada de hermanos en la fe y de nuestra familia, especialmente de mi hermana Marilia, sentí una gratitud inmensa. La Iglesia Cuadrangular no solo fue el lugar de la ceremonia, sino el hogar espiritual que la vio crecer y florecer.

 


La tarde transcurrió entre risas, abrazos sinceros y el orgullo de verla rodeada de gente que la ama. No fue solo una fiesta de quince años; fue un testimonio de la fidelidad de Dios en su vida y en la nuestra. Hoy escribo estas líneas para que, con el paso de los años, Rosaura pueda leerlas y recordar que aquel 10 de mayo de 1987 fue el inicio de un camino hermoso, respaldado por el amor de su familia y la gracia del Señor, en un hogar que, por fin, era un verdadero refugio de paz.

 

Abril de 1988: El Estruendo en la Capital

El año 1988 marcó una página inolvidable en mi memoria. Recuerdo perfectamente aquel mes de abril, cuando Honduras se vio sacudida por un evento sin precedentes: el arresto y la entrega a la DEA del señor Ramón Matta Ballesteros. Aquel acto, percibido por muchos como una violación a la soberanía nacional, encendió una mecha que no tardó en explotar.

 


Como alguien que conocía cada rincón de Tegucigalpa, fui testigo de la tensión eléctrica que se respiraba. Las fuerzas estudiantiles —lideradas por la FEUH, FUD, FES y FRU— se movilizaron con furia. La protesta frente a la Embajada de los Estados Unidos en la Avenida La Paz se convirtió en un campo de batalla: bombas molotov, el humo negro de los vehículos incendiados y gritos de indignación. Lo más doloroso fue el saldo humano: cinco manifestantes muertos y decenas de heridos. Aquel incendio parecía marcar el fin de una era, pero para mí, sería el inicio de un desafío profesional inesperado.

 

El Triunfo de la Experiencia: El Proyecto de la Avenida La Paz

En 1989, mientras trabajaba en San Pedro Sula, recibí una llamada de un gran amigo, el señor Luis Alonzo Castro Reyes, quien era contratista de pintura y con quien yo había laborado mucho tiempo como subcontratista, Me propuso un reto que inicialmente rechacé: participar en la licitación para los acabados de pintura de la nueva sede diplomática estadounidense, bajo la supervisión de la constructora Dillingham.

 

La curiosidad del maestro venció a la comodidad. Viajé a Tegucigalpa para enfrentarme a otros cinco contratistas. El desafío era riguroso: debíamos demostrar capacidad absoluta para operar maquinaria avanzada, desconocida en el país, diseñada para trabajar en las alturas con precisión milimétrica.

Mientras los demás dudaban frente a los equipos modernos, mi seguridad —forjada en años de esfuerzo y fe— se impuso. Ganamos la licitación.

 

A 15 Metros de Altura: Desafiando al Gigante de Concreto

En marzo de 1989, me encontré frente a frente con la imponente fachada de cinco plantas. Mi misión era aplicar Torozheall, un potente impermeabilizante, seguido de la pintura final. La escena era de ingeniería pura: me movilizaba en una canasta metálica de seis metros, suspendido a 15 metros de altura.

 

                                                      Embajada americana 

En mis manos sostenía una enorme pistola de aplicación conectada a una manguera que subía desde el suelo, cargando material a una presión descomunal de 2750 libras. El esfuerzo físico era tremendo; controlar la manguera bajo el sol de Tegucigalpa exigía una fuerza y una concentración totales.

 

Durante seis meses, habité aquel andamio sostenido por cables y potentes motores. Me acompañaban dos jóvenes a quienes, literalmente, les temblaban las piernas más que  la canasta. Ver cómo el edificio se transformaba bajo mi control me llenaba de orgullo. Aquel hombre que en el pasado había sentido el vértigo de la derrota en los túneles de El Cajón, ahora dominaba las alturas con una pistola de presión, sellando con éxito la sede diplomática más importante del país. Tras finalizar el exterior, la compañía me contrató para dirigir los trabajos interiores durante otros seis meses. El éxito no fue solo económico; fue la reivindicación de mi vida.

 

El Derrumbe del Hogar: Una Traición en las Alturas

En abril de 1989, mientras yo dominaba las alturas de la Avenida La Paz, una tormenta silenciosa se gestaba en el lugar que consideraba mi puerto seguro. Habíamos vencido a la pobreza, sobrevivido a los químicos de El Cajón y derrotado a la oscuridad del alcoholismo. Teníamos una familia establecida y mis cinco hijos eran el norte absoluto de mi brújula. Sin embargo, la vida me reservaba el trago más amargo.

 

Empecé a notar una anomalía dolorosa en nuestra casa de El Reparto. Mi esposa ya no me sostenía la mirada; rehuía mi presencia y el rechazo en la intimidad se transformó en una barrera infranqueable. Con el instinto alerta y el corazón apretado, decidí no preguntar, sino observar.

 

Utilicé una herramienta de mi oficio para una labor para la que nunca fue diseñada. Desde la terraza del edificio de la embajada, coloqué un teodolito —ese instrumento de precisión que usaba para nivelar estructuras— y lo enfoqué hacia la dirección de mi casa. A través del lente, la realidad se hizo nítida y cruel: descubrí sus movimientos hacia el encuentro con su amante.

 

Tras días de observación y recopilación de datos concretos, la confrontación fue inevitable. Con las pruebas en la mano, ella terminó por confesar lo que yo más temía: mantenía una relación con un hombre casi dieciocho años menor que ella. Pero lo que más me hirió, lo que caló hasta los huesos, fue saber que la traición ocurría en mi propia casa, en mi cama, y bajo el mismo techo donde mis cinco hijos eran testigos involuntarios de la deshonra de nuestro hogar.

 

Aquel refugio de madera que en 1981 representó nuestra libertad y dignidad, se veía ahora manchado. La infidelidad no solo rompía un matrimonio; amenazaba con desmoronar el mundo que yo había edificado con sudor, sacrificio y la fe inquebrantable de un hombre que solo quería darle a sus hijos la estabilidad que él nunca tuvo.

 

El Rescate de la Familia: Del Abismo a la Patria Potestad

El descubrimiento de abril de 1989 fue un golpe que ningún teodolito habría podido nivelar. Saber que el amante era un muchacho a quien yo mismo había ayudado dándole trabajo, y que la traición profanaba mi propio hogar frente a mis cinco hijos, derrumbó mi mundo. En un instante de justa indignación, le pedí que abandonara la casa. Sin embargo, el dolor se multiplicó cuando mis hijos —Rosaura (17), Karen (14), Yadira (13), Josué (11) y Moisés (8)— decidieron marcharse con ella.

 

A pesar de la herida profunda, mi compromiso como padre nunca flaqueó. Por amor a ellos y con la esperanza de salvar lo que quedaba de nuestra unión, intenté una última salida: le propuse a mi esposa abandonar su vida de adulterio para dedicarse por completo a la crianza de nuestros hijos. Buscando el refugio de nuestras raíces y un aire que nos diera paz, alquilé una casa en Yuscarán y los instalé allá, lejos del ruido de la capital.

 

Desde Tegucigalpa, yo continué trabajando sin descanso para cubrir cada centavo de sus gastos y estudios. Cada sábado, sin falta, ella venía a mi trabajo a recoger el dinero necesario, asegurándome de que a mis hijos no les faltara nada. En ese tiempo, yo habitaba un desierto emocional, pero encontraba consuelo en saber que, mientras yo trabajaba en las alturas de la embajada, ellos estaban bajo el resguardo de un pueblo donde ambos teníamos familias que nos apoyaban con consejos sanos.

 

El Disparo al Cielo y el Milagro de la Vida

En una madrugada gélida de julio de 1990, el silencio de la casa se volvió un juez implacable. Sentado al borde de la cama, con el peso de la soledad y los tragos amargos como única compañía, mi mente se transformó en un campo de batalla. Me sentía el hombre más miserable, derrotado por una traición injusta y por la ausencia de mis cinco hijos. El dolor de ver mi hogar usurpado me hizo creer la mentira más peligrosa de todas: que mi vida ya no valía nada.

 

Con el revólver calibre .38 especial contra la sien y el percutor montado, me encontré en la frontera final. Dos voces luchaban en mi interior, una me ordenaba halar del gatillo, la otra me decía ¨no vales nada¨ pero en medio de la confusión, hice lo único que puede salvar a un hombre en el abismo: Pedí perdón a Dios, y halé del gatillo.

 

El estruendo del disparo fue seguido por un zumbido ensordecedor y el olor penetrante a pólvora. Al abrir los ojos, la realidad era un milagro: yo seguía vivo. Por una intervención divina que desvió mi mano en el último milisegundo, el proyectil terminó incrustado en el techo. Ese hueco en la estructura no era un daño material; era el testimonio de que Dios no había terminado conmigo. Un llanto amargo, seguido de un arrepentimiento profundo, fue el bautismo de mi nueva oportunidad. Entendí que no era un cobarde, sino un hombre herido a quien el Dueño del Universo decidió rescatar.

 

La Estocada Final y la Resolución de un Padre

Sin embargo, la realidad en Yuscarán fue el golpe definitivo. Tras meses luchando por la unidad familiar, llegué un día de sorpresa y encontré la desolación: la alacena vacía, mis hijos descuidados y ella ausente, persiguiendo una libertad que ignoraba el hambre de los niños. Rosaura ya se había casado y el resto de mis hijos quedaba a la deriva. Comprendí, con un dolor lúcido, que no se puede obligar a nadie a amar su hogar.

 

Decidí traerlos de regreso a Tegucigalpa. Fue en esos días cuando encontré una carta que ella le enviaba a su amante; en esas líneas, ella expresaba su deseo de marcharse con él, confesando que me dejaría a los niños. Aquella carta fue una estocada al alma, pero también la claridad que necesitaba: no quedaba nada que rescatar en su corazón.

 

Sin dudarlo más, busqué asesoría legal y solicité el divorcio en septiembre de 1990, exigiendo la patria potestad absoluta de mis hijos. La justicia, tras evaluar los hechos, dictó su resolución tres meses después. El 1 de enero de 1991, inicié el año con un nuevo estatus: legalmente divorciado y, sobre todo, como el único guardián y protector de mis hijos. La cadena de dolor se había roto; ahora, el camino era solo nuestro.

Entre el Deber y el Refugio: El Sacrificio por la Dignidad

Al finalizar el monumental proyecto de la embajada americana en 1990, mi camino debía retornar a Hedman Alas. Aunque en la empresa me esperaban con los brazos abiertos, la estabilidad que tanto busqué se veía amenazada por el dolor que aún flotaba en las calles de El Reparto. Tomé entonces una decisión radical para proteger el corazón de mis hijos: vendí nuestra casa, aquel refugio de pino y concreto que con tanto orgullo construimos. Lo hice con un solo propósito: alejarlos de las miradas acusadoras y los susurros de los vecinos que conocían nuestra tragedia. Preferí perder las paredes antes que permitir que mis hijos perdieran su paz.

 

La Búsqueda de Apoyo y una Nueva Esperanza

Nos trasladamos a un apartamento alquilado en la colonia La Haya. Allí, el peso de ser padre soltero y proveedor absoluto se volvió abrumador. Mis responsabilidades en Hedman Alas me exigían viajes constantes entre Tegucigalpa y San Pedro Sula, y el temor de dejar a Karen, Yadira, Josué y Moisés en el abandono me consumía.

 

En medio de esa lucha conocí a Mayra, una mujer que, al igual que yo, sabía lo que era batallar sola por sus tres hijos. En ella encontré el apoyo logístico y humano que necesitaba para que mi hogar no se desmoronara mientras yo trabajaba en la carretera. Lo que comenzó como una alianza de supervivencia se transformó en una relación de pareja, uniendo nuestras historias de esfuerzo bajo un mismo techo junto a sus 3 niños.

 

El Reloj Detenido: Entre el Adiós y la Carretera (1 de agosto de 1991)

El 1 de agosto de 1991 me encontraba en San Pedro Sula, cumpliendo con la rutina del trabajo que usaba como escudo contra el vacío de mi reciente separación. El calor de la costa era sofocante, pero nada comparado con el frío que recorrió mi espina dorsal a las once de la mañana, cuando una llamada desde Tegucigalpa cortó el aire: mi padre había fallecido.

 

En ese instante, el mundo se fracturó. Por un lado, la urgencia desesperada de volar hacia él; por otro, la cruel logística de un autobús que no saldría sino hasta la una de la tarde. Aquellas dos horas de espera en la terminal y las cuatro horas de trayecto por la carretera del norte fueron el duelo más solitario de mi existencia. Mientras el bus avanzaba entre las montañas de Honduras, yo cargaba con dos naufragios: el de mi hogar deshecho y el de mi padre, que fue mi primer refugio.

 

El Arribo al Silencio y el Encuentro con el Caoba

Nunca la distancia entre San Pedro Sula y la capital fue tan despiadada. El motor roncaba con indiferencia mientras yo sentía que el tiempo se estiraba hasta romperse. Al llegar a Tegucigalpa, un suceso inexplicable me sacudió: mientras intentaba ducharme para quitarme el polvo del camino, la puerta del servicio azotó con una fuerza súbita. No fue el viento; sentí que era él, apurándome, diciéndome que el tiempo se agotaba.

Llegué a la funeraria con el alma en un hilo. Entre el murmullo de familiares, mis ojos se clavaron en un solo punto: aquel ataúd de color caoba. En ese tono rojizo se encerraba mi mayor dolor; se marchaba la persona que más amé y la que más me amó. Hoy comprendo la victoria de ese amor: el alcohol fue un verdugo que sembró tormentas, pero nunca pudo tocar el lazo sagrado entre nosotros. El alcohol pudo romper la paz, pero no pudo quebrar nuestros corazones.

 

El Rinconcito de la Memoria

A pesar de los golpes, nuestra unión en la etapa adulta fue inquebrantable. En cada casa que habité, siempre hubo un "rinconcito" reservado para él; mi forma de decirle que el amor pesaba más que cualquier error pasado. Aunque pasó sus últimos días bajo el cuidado angelical de mi hermana Mirna, su ausencia ese 1 de agosto de 1991 dejó un eco eterno en mi hogar.

 

Hoy, en los primeros días de 2026, al redactar estas líneas, el llanto brota con la misma pureza de aquel niño de tres años que él protegió cuando quedamos huérfanos de madre. Comprendo que ese "rinconcito" se mudó permanentemente a mi interior. Al recordar aquel viaje de urgencia y el ataúd de caoba, ya no solo veo pérdida; veo la gratitud de una vida compartida donde la cercanía fue nuestra mejor medicina. Mi padre se fue, pero se llevó la certeza de que, a mi lado, siempre tuvo un lugar al cual pertenecer.

 

Entre la Distancia y el Deber: La Reconstrucción del Mañana

En octubre de 1991, la estructura que intentaba sostener en Tegucigalpa volvió a verse desafiada. Al trasladarse Mayra a la colonia Villanueva, mis hijos quedaban solos en el apartamento mientras yo cumplía mis compromisos laborales en San Pedro Sula. La desesperación de saber a mis hijos desamparados en la capital me llevó a tomar una de las decisiones más difíciles de mi vida.

 

Movido por una fe ciega —esa esperanza que solo un padre tiene de que el tiempo cura las heridas y hace reflexionar a los seres humanos—, le entregué la custodia temporal a su madre biológica. Fue un acto de confianza absoluta en su instinto materno, mientras yo me convertía en el motor económico que garantizaba el sustento desde el norte del país.

 

La Luz de Lesly Carolina y una Nueva Despedida

Mi vida con Mayra continuó en la colonia Villanueva. Aunque yo viajaba entre ciudades cada dos o tres semanas, nunca permití que mi provisión flaqueara. El 16 de diciembre de 1992, nuestra unión dio su fruto más hermoso: el nacimiento de mi sexta hija, Lesly Carolina. Su llegada fue una luz nueva en un camino que aún tenía sombras. Sin embargo, los cimientos de este nuevo hogar no lograron consolidarse. Las diferencias se volvieron insalvables y en 1993, la separación fue inevitable. Me vi nuevamente solo, con el corazón repartido entre mis hijos mayores, la pequeña Lesly y la exigencia implacable de la carretera.

 

El Nido Crece, el Padre Observa

A pesar de la distancia física, el tiempo —ese gran maestro— seguía haciendo su trabajo. Vi con orgullo cómo mis hijas mayores trazaban sus propios destinos. Rosaura, casada desde 1990 en Yuscarán, avanzaba en sus estudios universitarios con determinación. Karen y Yadira también se graduaron y formaron sus propios hogares, convirtiéndose en mujeres de bien.

 

Al ver que el nido se transformaba, tomé la decisión de llevarme conmigo a San Pedro Sula a Josué y Moisés. Necesitaba guiarlos de cerca en la etapa crucial de su juventud, enseñándoles el valor del trabajo que yo mismo realizaba en los talleres de la costa.

 

Mi vida se convirtió en la prueba fehaciente de que, aunque las casas de madera o concreto puedan desmoronarse, el hogar del corazón —ese que se construye con sacrificio y amor incondicional— permanece intacto. Al mirar atrás en este 2026, no veo fracasos; veo etapas superadas por un padre que nunca, ni por un segundo, se dio por vencido.


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