DEL BARRO A LA PAZ - El niño que quería aprender - Capitulo 2

 📖 CAPÍTULO 2 

 

EL NIÑO QUE QUERÍA APRENDER  1958 - 1964 

 

La escuela fue la primera puerta que se abrió ante mí y que me hizo pensar que la vida podía ser algo más que pobreza y supervivencia. (1958) Tenía seis años cuando comencé a estudiar en la Escuela Primaria República de México. Ubicada en el barrio la isla de Tegucigalpa en las márgenes del rio Choluteca. 


Escuela Primaria Republica de Mexico

A esa edad no entendía del todo lo que significaba la educación, pero sí sabía que ese lugar me hacía sentir diferente, como si al entrar dejara atrás por un momento el piso de tierra, la oscuridad del candil y la incertidumbre de mi casa. 

 

En la escuela no llevaba cuadernos bonitos, ni lápices nuevos, ni uniforme completo. Ni siquiera llevaba zapatos. Pero llevaba algo que no se compra en ninguna tienda: un deseo profundo de aprender, de saber más, de buscar un futuro distinto al que la vida parecía haberme asignado. 


Desde pequeño, la etiqueta de "precoz" se me pegó como una segunda sombra. No era una cuestión de arrogancia, sino una simple manifestación de un motor interno que nunca parecía apagarse. Era un niño muy inquieto, no en el sentido destructivo, sino en la necesidad constante de movimiento y estímulo. Mi padre solía bromear diciendo que mi primer idioma no fue el español, sino el "porqué". 

 

Y es que, sobre todas las cosas, era muy curioso. El mundo no era un conjunto de hechos dados, sino una serie infinita de acertijos a resolver. 

¿Por qué el cielo es azul? 

¿De qué están hechas exactamente las nubes? 

¿Cómo funciona un interruptor de luz? 

 

Mientras otros niños coleccionaban canicas o cromos, yo coleccionaba respuestas. Esta inteligencia que los adultos notaban temprano no era solo capacidad para los números o las letras, sino una habilidad para conectar puntos que para otros parecían invisibles. Desarmaba radios viejas para ver sus entrañas, leía enciclopedias, y todo libro que caía en mis manos. 


Esa precocidad e inquietud me llevaron a meterme en más de un apuro, pero también definieron la persona que soy hoy: alguien que nunca acepta un "así son las cosas" sin preguntar primero por qué, y que siempre está listo para desarmar el siguiente problema para ver cómo funciona, aprendí que, si otra persona era capaz de hacerlo, yo también podía. 

 

A los siete años (1959), nuestra vida tomó otro giro. Dejamos el barrio El Jazmín y nos mudamos al Barrio Casamata. Un lugar distinto, pero con la misma sombra de miseria acompañándonos. Mi padre seguía luchando por nosotros y contra el alcohol, y Luis Alberto y yo buscábamos la forma de sobrevivir como podíamos. En ese barrio aprendimos a hacer mandados para los vecinos, no por travesura, sino por necesidad. 


Barrio Casamata


Cada recado nos daba la oportunidad de conseguir un poco más de comida para nosotros, y no es que mi padre no nos diera, es que en múltiples ocasiones nuestro desayuno fue una taza de café chirrio (entiéndase casi pura agua). y una tortilla con sal. 
Era humillante a veces, pero también era sobrevivir. 


En una ocasión doña Trinita (una señora mayor que así le llamábamos), Madre de un hombre que estaba preso en el cuartel de casamata por borracho, me pidió que le llevara comida y un café, yo accedí y al entregarlo al guardia, este se dio cuenta que el café contenía alcohol, de inmediato me detuvieron y enviaron a una celda. Mi primera vez preso en una posta de policía y a mis 8 años. Me mantuvieron en ese frio oscuro y solitario lugar, durante 4 horas hasta que llego ella a sacarme. 


Fue en ese barrio donde viví uno de los momentos más duros de mi infancia. Cursaba el segundo grado en la Escuela República de Honduras. Llegué con un pantalón lleno de remiendos, una camisa cualquiera y un “cuaderno” hecho con hojas de papel de oficio amarradas con hilo. Para mí, eso era suficiente. Para la escuela, no. 


Escuela Republica de Honduras
 

 Cuando intenté entrar a la escuela, no me dejaron pasar. No llevaba uniforme. 

Recuerdo quedarme parado frente al portón, con los ojos llenos de lágrimas, sintiéndome menos que los demás niños. Un niño pobre, rechazado por algo tan simple como un pedazo de tela. 


Pero ese día, la vida me mostró que incluso en la pobreza más dura, hay personas con alma noble. Las maestras, al verme llorar, hicieron una colecta entre ellas. Me compraron un pantalón, una camisa y un cuaderno nuevo. Aquello no solo me vistió; me devolvió la esperanza. Me sentí visto, valorado. Sentí que mi vida importaba. 

 

Esa experiencia despertó en mí una determinación férrea. Desde ese día me prometí que, si alguien creía en mí, yo tenía que demostrar que valía la pena. Muchas veces fui objeto de burlas por parte de los demás niños, por mi forma humilde de vestir y mi condición de abandono (o 'de tener un padre ausente', ya que huérfano implica que murieron). Esa situación me llevó a rebelarme más adelante contra ese tipo de maltrato, aunque en el fondo siempre mantuve un complejo de completa inferioridad. 

 

MI 1ER LUGAR. 


"Por fin conocí lo que era ocupar el primer lugar en algo, aunque mi victoria no estaba en una pizarra de honores. La escuela nos regalaba un vaso de leche diario. Era un ritual simple, pero con matices: dos centavos compraban el dulzor del azúcar, cinco centavos, la textura crujiente de los corn flakes. 

 

Mi bolsillo siempre estuvo vacío. No había monedas para esos 'extras'. Así que, por necesidad, aprendí a ser el más rápido. Siempre fui de los primeros en la fila, apurando mi leche sola, sin aderezos, para luego tener el privilegio —o la carga— de observar a los demás. Mientras ellos disfrutaban de su desayuno 'mejorado', yo me quedaba con la dignidad de haber sido el primero en terminar. Esa fue mi primera medalla, hecha de prisa y leche sin azúcar." 

 

"Conocí el punto de quiebre tras años de burlas. Me humillaban a diario, y yo aguantaba, pero el día que involucraron a mi hermano Luis Alberto, la historia cambió. Él saltó a defenderme en el recreo, y pronto nos vimos superados. 


Verlo rodeado, vulnerable por mi culpa, activó un instinto primitivo: el de proteger a mi familia a toda costa. Aunque no todo salió como esperábamos, ese momento selló nuestra hermandad de una manera que las palabras no pueden describir. Las secuelas trajeron consigo lecciones difíciles, pero reafirmaron que, sin importar las circunstancias, siempre nos tendríamos el uno al otro. Aquel acto desesperado paró la agresión al instante, con consecuencias que nos obligaron a reflexionar sobre los límites y el verdadero significado de la familia." 

 

LOS PELIGROS ACECHAN:


"Como muchos niños que crecen sin la supervisión constante de sus padres, viví de cerca el riesgo de la violencia. La mía llegó a los ocho años. 

 

Un día, volviendo de la escuela, un hombre mayor me abordó. Me engañó con la promesa de regalarme una radio que llevaba en la mano, una carnada que me llevó, inocente, lejos del camino seguro, hasta la solitaria ribera de un río, oculta entre matorrales. 


Ahí, en esa soledad, sus intenciones se volvieron claras y aterradoras. Pretendió abusar de mí. Pero mi instinto de supervivencia fue más rápido que su maldad. Me di cuenta a tiempo, corrí como nunca antes y logré librarme de él. A mi padre nunca le dije por miedo a una buena macaneada de las que acostumbraba a darme cuando se enojaba. 


 

ACOSADO DE NUEVO: 


Fue también en esa época, en el barrio Casamata, donde se gestó otra de esas situaciones que marcan la infancia. Entablé una amistad peculiar con una mujer que vivía cerca, ella tenía veinticuatro años y yo apenas ocho.  La diferencia de edad no me parecía un abismo; solo veía a alguien mayor que me prestaba una atención que no recibía en casa. 

 

Nuestro ritual diario comenzaba tras la puesta del sol, después de las siete de la noche. Nos reuníamos en un rincón discreto, una grada debajo de su casa, un lugar apartado donde nos sentíamos resguardados del mundo. Ella me ofrecía una amistad que, en mi inocencia, percibía como genuina. Hablábamos de todo tipo de cosas, compartíamos momentos que yo atesoraba como parte importante de mi crecimiento. Siempre me invitaba a un refresco y un pan dulce. 

 

Pero con el tiempo, la naturaleza de esos encuentros cambió de forma insidiosa. Mientras platicábamos en la penumbra, ella comenzó a acariciarme. Al principio, la sutileza de su acercamiento me impedía sentirme molesto; era una progresión lenta y confusa que me fue llevando a un territorio que yo desconocía. A mis ocho años, no poseía el vocabulario ni la experiencia para identificar que esos toques no eran parte de una amistad normal. 

 

La familiaridad se transformó en algo que escapaba a mi comprensión infantil, una dinámica de la cual no era consciente de la gravedad en ese momento, pero que dejó una sensación de incomodidad y desasosiego que me acompañaría mucho tiempo después. 


 

HACIA UNA NUEVA VIDA: 

 

En la sexta década del siglo XX, precisamente en 1960, Cuando iniciaban las clases en mi tercer grado de primaria, conocí a una mujer que cambiaría mi destino: mi profesora Esperanza Castellón Salgado. Ella vio más allá de mis remiendos, de mis silencios y de mi timidez. Vio un niño necesitado, no solo de educación, sino de estabilidad y cariño. 

 
Mi situación era tan difícil que un día tomó una decisión que marcó mi vida para siempre: me llevó a vivir a su casa, con el consentimiento por supuesto de mi Padre. 

 

Con ella descubrí algo que yo no sabía que existía. Por primera vez conocí una familia en armonía. Un hogar donde no había gritos, ni olor a alcohol, ni miedo cuando caía la noche. Donde se comía sentado en una mesa, donde el respeto era ley, y donde un niño podía dormir tranquilo. 

 

La profesora Esperanza me compró ropa, zapatos, cuadernos, y me regaló algo aún más valioso: afecto. Ese cariño que yo no había sentido más que de mi padre. 

 
En su casa, por primera vez, no me sentí un estorbo. Sentí que pertenecía ya que tenía deberes asignados que me hacían sentir importante al realizarlos. 

 

Estudie en la Escuela José Trinidad Cabañas, hasta salir de mi primaria y siempre Viviendo en casa de la Profesora Esperanza, pero el destino me tenía preparada otra mala jugada. 


Escuela Jose Trinidad Cabañas


ASPIRACIONES TRUNCADAS: 

 

Mi infancia, que alguna vez vi a través del prisma de la curiosidad, se tornó de pronto sombría. Los maltratos recibidos a lo largo de los años habían sembrado una semilla de resentimiento y desesperación en mi interior. 

 

El punto de inflexión llegó un día fatídico. Después de que ella me llamara la atención de forma particularmente fuerte, algo dentro de mí se rompió. En un acto de rebeldía impulsiva y desesperada, hui en busca de mi padre, la única esperanza de escape que mi mente infantil pudo concebir. 

 

Mi padre hizo acto de presencia y le reclamó a aquella mujer por haberme gritado, Su respuesta fue un dardo de realidad: "Es su hijo, si quiere lléveselo". 

 

Recuerdo que, con lágrimas en sus ojos —lágrimas que me revelaron un afecto que yo, en mi ofuscación, no había sabido ver—, aquella maravillosa mujer le entregó mis escasos haberes. 


En ese momento, un escalofrío me recorrió la espalda. Entendí mi error, pero ya era tarde. Dejé aquel hogar lleno de esperanza y regresé a mi vida anterior, a la sombra de la miseria y el alcohol. 


Eso sí, aunque mi destino inmediato no cambió, algo fundamental dentro de mí sí lo hizo: ya sabía que yo valía mucho. Ya no tenía en mi mente aquel grosero concepto que me repetía que no valía nada porque nada tenía. Mi valor no estaba en mis posesiones, sino en mí mismo, una verdad que me acompañaría en el camino más difícil que estaba por comenzar. 

 

No quiero cerrar este capítulo de mi vida sin mencionar un hecho histórico que ocurrió en mi amado país una madrugada del día 3 de octubre de 1963. El presidente constitucional Ramón Villeda Morales  fue derrocado por un Trio de Militares liderado por el coronelOswaldo López Arellano, justo antes de las elecciones, para impedir la victoria del candidato liberal Modesto Rodas Alvaradoaquí volvía a vivir otro episodio similar al de mi primer recuerdo de mi niñez, solo que este fue un golpe silencioso. 

 

Mi vida continua en nuevo lugar de residencia, esta vez en el barrio el Manchensurgen nuevos amigos aunque sin poder asistir al colegio por falta de fondos económicos, pero se dio la oportunidad de  acompañar a mi padre a su trabajo, y así aprendía más sobre el oficio de la pintura de casas, me di cuenta de la importancia de su trabajo en los hogares donde los realizaba, su destreza en el mismo y como las personas con las que trabajaba lo elogiaban por su conocimiento, su honestidad y su manera ordenada de trabajar, eso me hacía admirarlo cada día más. 

 

Un día llego medio borracho a casa, me mando a comprar alcohol y yo me negué, se abalanzo sobre mi para castigarme, pero yo Sali corriendo, tomo una piedra y me la lanzo impactando en mi tobillo y derribándome al piso, me llevo de regreso y me agarro a golpes con un chilillo de arrear bestias, hasta que a mis gritos llego un vecino amigo de él y evito que me siguiera castigando, otro método de castigo era con un lazo mojado o ponerme de rodillas sobre arena o aserrín. 





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Comentarios

  1. Papi:

    He terminado de leer el segundo capítulo de su historia y quiero expresarle cuánto me impresionó y me conmovió. Cada página revela no solo las dificultades que enfrentó siendo apenas un niño, sino también la enorme fuerza que llevaba dentro —esa inteligencia curiosa, ese valor para sobrevivir, y ese deseo profundo de aprender y salir adelante aun cuando todo parecía en contra.

    Las experiencias que comparte son duras, muy duras… pero usted las escribe con una claridad y una serenidad que solo pueden venir de alguien que ha encontrado paz con su pasado. Me emociona cómo recuerda a las personas que le tendieron la mano, a esas maestras y esa profesora Esperanza que vieron en usted lo que muchos no alcanzaron a ver: un niño lleno de potencial y de luz.

    Su historia se siente viva, auténtica, humana. Uno no puede evitar admirar al niño que fue… y aún más al hombre en el que se convirtió. Gracias por confiar en mí para acompañarlo en este proceso y por darme el privilegio de conocerlo más a fondo, de descubrir ese camino difícil que usted recorrió para forjarse con tanto coraje.

    Lo felicito de corazón, papá. Este capítulo está escrito con verdad y con alma. Estoy muy orgullosa de usted y emocionada por seguir leyendo lo que viene. Su vida es un testimonio de resiliencia y esperanza, y merece ser contada.

    Con todo mi cariño, respeto y admiración,
    Su hija Rosaura

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