DEL BARRO A LA PAZ.: Conociendo a mi Familia: Capitulo 3

  

📖 **CAPÍTULO 3

HISTORIA DE UNA BÚSQUEDA: LA FAMILIA DE MI MADRE


                                                          Mi Madre Rosaura

En la vastedad del tiempo, donde las fechas marcan silencios y los nombres se desvanecen como suspiros, mi madre, efímera flor de marzo de 1924, floreció y se extinguió en agosto de 1955. Su vida fue un breve cometa, dejando tras de sí un rastro de misterio: el nombre de su madre, un susurro que nunca conocí; la ausencia de un padre que negó el eco de su sangre. Un lienzo con espacios vacíos que el destino, con su mano caprichosa, se encargaría de llenar con colores inesperados.

Tras su partida, cuando el dolor era un gigante que amenazaba con devorarnos, la providencia tejió hilos invisibles. En la penumbra de la pérdida, surgieron dos faros: Francisco Lobo y María de los Ángeles Lobo, hermanos de un padre que solo existió en la omisión. Ellos, con una nobleza que trascendía la formalidad de los lazos, nos reconocieron, nos acogieron, nos dieron un lugar en su constelación familiar.


             Maria de los Ángeles

María de los Ángeles Lobo, con su corazón de pan, se convirtió en un pilar para mis hermanas y hermanos mayores. Luis Alberto y yo, aves de paso en nuestra juventud, la visitábamos esporádicamente, pero cada encuentro estaba cargado de un afecto genuino, de un apoyo silencioso en nuestras necesidades. Compartimos risas y confidencias con Linda, Migdalia, Claudio, José Roberto, Marco Antonio, sus hijos, primos que se sentían como hermanos de siempre.

Aún resuena en mi memoria la temporada que viví bajo su techo, en la colonia Monseñor Fiallos. Allí, el aroma a pan horneándose se mezclaba con el calor del hogar. Con mis manos jóvenes, apoyé en la panadería, sintiendo el pulso de un negocio que era más que sustento: era comunidad, era la manifestación tangible del trabajo y la unión. Ese tiempo me enseñó que la familia no siempre está dictada por la sangre, sino por la lealtad, el cuidado mutuo, por esas almas que eligen caminar a tu lado cuando el camino se torna incierto.

En nuestra vida adulta, esos lazos no se desvanecieron. Resistieron la distancia y el tiempo. El contacto, la calidez, la sensación de pertenencia, persistieron. La familia de mi madre, esa que la vida le negó en la partida de nacimiento, la encontré en el apellido Lobo, en la generosidad de María de los Ángeles, en los rostros de mis primos. Un relato agridulce, sí, pero profundamente poético, que nos recuerda que a veces, las raíces más fuertes crecen en la tierra fértil de la elección y el amor incondicional.


Ella había procreado 4 Hijos antes de juntarse con mi padre:
Miguel Arnaldo  1940-2024
Gloria Marilia     1942-2009
Sonia Judith        1945-2014
Raul                    1947-2023


                      Arnaldo ,Johnny, Marilia, Rosalinda, Sonia, , Raul, Luis Alberto

Con mi padre procreo 4 hijos:
Rosa Margarita  1948-aun vive
Luis Alberto       1950-2017
Mirna                 1954-2003
Juan Angel         1952     
                         Mirna, Luis Alberto, Marilia, Sonia, Johnny, Rosalinda
                                                                           
                       

ARNALDO, EL FARO INQUEBRANTABLE

          Miguel Arnaldo

La vida, con su ironía mordaz, nos arrebató a nuestra madre y nos dejó a la deriva en el barrio la Guadalupe, un nido de infancia donde los días olían a escuela y las noches a ausencia. En esa encrucijada del destino, Arnaldo, el mayor, se erigió como un faro. Sobre sus hombros jóvenes recayó el peso del mundo, la responsabilidad de ser padre, hermano, guía.

Recuerdo sus manos preparando mi uniforme escolar a mis 6 años de edad, un gesto de amor silencioso, una promesa de normalidad en medio del caos. Esas mismas manos, años más tarde, trabajarían codo a codo conmigo en el oficio heredado de nuestro padre, un legado de sudor y esfuerzo que cimentó nuestra hermandad más allá de la sangre.


                                     Reina Isabel Montoya, una segunda Madre

En el año 1968 cuando yo salía del internado que me había albergado por tres años, me abrió las puertas de su hogar para brindarme apoyo, refugio y calor de familia junto a su compañera de hogar Reyna Isabel Montoya. un alma generosa que abrió su corazón y su casa, convirtiéndose en una segunda madre, de ella recibí los consejos que solo una verdadera madre puede dar con tanto amor, una relación que se convirtió en una bendición que perdura hasta hoy. Durante tres años nos mantuvimos unidos en esa gran familia, que me sirvió como antesala en lo que venía más adelante. En ese hogar crecieron Miguel, Osiris, Esmeralda, Cinthia y Edwin, sobrinos y familia por elección.

                                                    Guerra del futbol entre Honduras el Salvador 1969

El año 1969 trajo consigo la guerra y la paz. La guerra con El Salvador, que nos encontró protagonistas de batallas y desventuras, unidas por la camaradería de las copas y la lealtad inquebrantable. Y la paz, testigos de una hermandad que se fortalecía con el tiempo. Arnaldo fue mi gran apoyo, mi cómplice en innumerables aventuras, el ancla que me mantuvo a flote.

Pero el destino, con su afán de probar los lazos, nos separó en 1986, cuando Arnaldo partió hacia el norte, hacia el sueño americano. 36 años de silencio, de vidas paralelas que corrían en continentes distintos, un vacío que ninguna carta o llamada podía llenar por completo.
                       

El reencuentro en Carolina del Norte, en marzo de 2022, gracias a la bondad de Osiris su segunda hija y mi sobrina del alma, fue un milagro del tiempo. Días hermosos, teñidos de nostalgia y risas, reviviendo una juventud que parecía lejana, pero vivía intacta en nuestros recuerdos. Arnaldo, Rosalinda y yo, compartimos el presente, sanamos el pasado, celebramos el milagro de volver a estar juntos.

Johnny, Rosalinda, Arnaldo. Carolina de norte marzo 2022

Nuestra última despedida fue a través de una pantalla, una llamada de video un día antes de su partida final. El 21 de octubre de 2024, Arnaldo cruzó el umbral, dejando un vacío inmenso pero un legado imborrable. Su espíritu permanece vivo, en cada recuerdo, en cada historia compartida, en el tejido mismo de mi existencia. Arnaldo, el faro inquebrantable, sigue iluminando mi camino desde la eternidad.



MARILIA, EL HILO DE PLATA DEL DESTINO


                                                                                Gloria Marilia

La vida tiene sus propios tiempos, sus caprichosos designios que a veces retrasan lo inevitable. Contaba yo apenas 8 años cuando su figura irrumpió en mi mundo, un rostro nuevo, pero extrañamente familiar que el destino había mantenido en la sombra hasta entonces.

La visitaba en aquel refugio compartido con mi hermana Sonia, un nido de estudios y sueños juveniles. Marilia, desde el primer instante, tejió un hilo de plata entre nuestras almas, una conexión silenciosa y profunda que se manifestaba en gestos de apoyo incondicional.

Su presencia se convirtió en un faro en mi camino, especialmente durante mis años de colegio, esa etapa de incertidumbres y descubrimientos. Su aliento fue el viento bajo mis alas, su consejo, la brújula que me guiaba cuando el camino se tornaba confuso.

Y cuando di el paso hacia una nueva vida, cuando el matrimonio marcó un antes y un después, su apoyo no menguó. Al contrario, se fortaleció, convirtiéndose en un pilar fundamental en los cimientos de mi nuevo hogar. Marilia, la hermana que conocí tarde pero que se quedó para siempre, grabada a fuego en las páginas más bellas de mi historia.

El Señor reclamo su presencia un dia 21 de marzo del año 2009

SONIA, LA CONSTELACIÓN CONSTANTE


                                                                                Sonia Judith

En el firmamento de la vida, donde algunas estrellas fugaces brillan y desaparecen, Sonia fue siempre una constelación constante, un punto de referencia inmutable. Desde los días de estudiante, cuando compartíamos momentos y risas que pintaban de colores nuestros sueños, hasta su vida de casada, su hogar se convirtió en un puerto seguro, un refugio al que siempre regresaba.

Su apoyo no era grandilocuente ni efímero, sino silencioso, profundo y tangible. Se manifestaba en las necesidades básicas cubiertas, en la mano extendida sin pedir nada a cambio, en la generosidad desinteresada que aliviaba cargas y sembraba esperanza.

Sonia, más que una hermana, fue una bendición, un recordatorio viviente de que la familia es ese lugar donde el amor se traduce en acciones, donde la empatía se convierte en sustento. Su luz sigue brillando, guiando mis pasos y recordándome el valor incalculable de la lealtad y el cariño verdadero. El 4 de julio de 2014 es una fecha que queda grabada en mi corazón, como el día en que partió con el Señor. 

RAÚL, EL SUSURRO DEL DESTINO Y LA VERDAD OCULTA


                                                                                        Raul

En el vasto mapa de mi familia, las rutas que conectaban con Raúl eran escasas y sinuosas. Compartimos poco tiempo, instantes fugaces, encuentros esporádicos que, sin embargo, estaban teñidos de un afecto genuino e inquebrantable; una corriente subterránea de cariño que fluía sin necesidad de la presencia constante. Su figura se mantenía en la periferia de mi vida, un eco familiar que resonaba con calidez a pesar de la distancia.

Su vida guardaba un secreto, un capítulo completo cuyas páginas principales desconocía por completo. El velo se rasgó de la manera más dolorosa e inesperada, en el umbral de la partida de otro ser querido. La muerte de nuestro hermano Luis Alberto nos reunió en el dolor, y fue en ese instante de vulnerabilidad que la verdad, contenida durante tanto tiempo, finalmente encontró su voz.

Fue entonces, a través de los labios de Raúl, que el misterio se desveló. La revelación reescribió la historia de Luis Alberto y la nuestra: él no había crecido bajo el mismo techo, sino que la caridad de un matrimonio bondadoso le había brindado un hogar, un refugio tras la ausencia de nuestra madre.

Personas caritativas que, con un amor desinteresado, tejieron el manto de su infancia y juventud. Ese momento de   duelo se transformó en un instante de profunda comprensión. La vida de Raúl, marcada por la discreción y el afecto silencioso, adquirió una nueva dimensión al compartir esa confidencia. Su historia se convirtió en un testimonio del poder de la bondad humana y de cómo, a veces, los lazos más profundos se forjan tanto en la sangre como en los gestos puros de quienes eligen cuidar, más allá de la consanguinidad, en el vasto y misterioso tapiz de la vida. Raúl partió el 22 de marzo de 2023

ROSALINDA, EL PILAR Y EL DESTINO ENTRELAZADO


                                                                              Rosa Margarita

En el vasto mosaico de diez almas que conformaban nuestra hermandad, Rosalinda brilló con una luz única, la luz de la maternidad encarnada en una hermana mayor. Desde siempre, su presencia nos rodeaba como un aura protectora, un cuidado constante que suplía ausencias y sembraba seguridad en nuestras vidas jóvenes.

Alcanzamos la vida adulta y esa cercanía se transformó en una unión inquebrantable, una danza de destinos entrelazados. Mi mundo giraba cerca del suyo, celebrando la vida en los cumpleaños de Patricia, Carlos, Vanesa e Iris, tejiendo recuerdos compartidos que cimentaban la familia y el sentido de pertenencia.

Rosalinda fue mucho más que un pilar emocional; fue la catalizadora de mi camino, la brújula que me orientó hacia mi vocación. Con visión y empeño, impulsó mi oficio de tapicero, mediando para que me encontrara con Carlos Vásquez, el maestro que forjó mis manos y mi futuro. Su fe en mí fue el primer cincel que dio forma a mi destino profesional.

Su atención nunca flaqueó. Siempre atenta a mis problemas, su mano se extendía con presteza, su corazón con empatía, un refugio seguro en las tormentas de la vida.

Hoy, el tiempo ha diezmado nuestra bandada. De aquel grupo vibrante de diez hermanos, solo quedamos ella y yo, dos centinelas de la memoria. Pero la soledad de la ausencia no nos ha debilitado; al contrario, ha fortalecido el hilo que nos une. Continuamos tan unidos como siempre, Rosalinda y yo, los últimos guardianes de una historia familiar, celebrando la vida, la lealtad y el amor incondicional que ha resistido el paso del tiempo y la partida de los demás. Su presencia sigue siendo mi puerto seguro, mi hermana, mi madre, mi cómplice eterno.

LUIS ALBERTO, EL HERMANO DEL ALMA 


                                                                                  Luis Alberto

En el lienzo desolado de nuestra niñez, tras la partida de nuestra madre, Luis Alberto y yo nos convertimos en dos almas gemelas, obligadas a crecer a la sombra de la carencia y la humillación. Éramos dos remos en la misma barca a la deriva, enfrentando la marea de la necesidad y las tristezas que marcaban nuestros primeros trece años. Él, mi eterno compañero, mi defensor, el aliado incondicional en cada batalla que el destino nos imponía.

Recuerdo, con el corazón encogido, el terror de verlo casi partir siendo apenas unos niños, su vida pendiendo de un hilo en el hospital, privándome de su presencia durante días que se sintieron eternidades. Desde entonces, supe que nuestro vínculo era más fuerte que la fragilidad de la vida misma.

La Odisea del Mondongo: Un Recuerdo de Luis Alberto

                                                              El delicioso mondongo

Aquel domingo, mi padre nos encomendó a mi hermano Luis Alberto y a mí una misión crucial: ir al rastro, en el barrio El Manchen, y traer mondongo fresco para el almuerzo. Era un encargo de confianza, de esos que te hacen sentir mayor, aunque solo fuéramos dos chavalillos.

Llegamos al rastro, un lugar bullicioso y lleno de olores. Los encargados de la venta, con una malicia que solo los adultos saben gastar, nos entregaron la bolsa del mondongo con todo lo que deposita la vaca  dentro pesaba lo suyo. ¡Pura maldad la de esos hombres!

Apenas la recibimos, el olor y la textura nos invadieron de un asco insoportable. Cargar aquella peste en el lomo, como se solía hacer, estaba fuera de toda discusión. La dignidad infantil se impuso. Luis Alberto, con su ingenio práctico, encontró la solución: conseguimos una cabuya vieja, amarramos la bolsa y decidimos arrastrarla por todo el camino de vuelta a casa.

Fuimos jalando el "tesoro" por las calles polvorientas del barrio, dejando un surco cómico a nuestro paso, sin pensar en las consecuencias. Entre risas nerviosas y el esfuerzo de la travesía, la bolsa, vieja y maltratada, no aguantó el trajín. Se rompió.

Cuando finalmente llegamos a casa, jadeando por el esfuerzo, la escena era desoladora. Ya no había mondongo, ni bolsa, ni nada que se le pareciera. Lo único que le entregamos a mi padre fue un pedazo de carne maltrecho, totalmente rebozado en tierra y polvo.

Huelga decirlo: la decepción de mi padre fue monumental. Aquel día no hubo almuerzo de mondongo, pero sí nos ganamos, mi hermano y yo, la tunda más memorable de nuestras vidas. Una lección dolorosa, pero hoy, un recuerdo invaluable de aquellos domingos y de mi hermano Luis Alberto.

TRECE AÑOS DE PUENTES Y TORMENTAS

Luis Alberto y yo no éramos solo hermanos de sangre; éramos compañeros de trincheras. Trece años, desde que el mundo nos supo a sal por primera vez, enfrentamos la vida dura que nos tocó. No puedo recordar un momento crucial sin su sombra protectora, o sin mi mano buscando la suya en la oscuridad. Nuestro hogar no siempre fue un refugio, a veces era un campo de batalla contra la adversidad y el maltrato, pero siempre luchábamos juntos contra cualquier tormenta.

Las lágrimas fueron muchas, derramadas en silencio compartido bajo las sábanas, o a veces, en estallidos de frustración por situaciones que parecían no tener fin. Nos secábamos las lágrimas mutuamente, prometiéndonos que algún día todo cambiaría. Pero no todo fue gris. También hubo risas, de esas que duelen el estómago, provocadas por las travesuras que planeábamos para escapar de la realidad, o por chistes internos que solo nosotros entendíamos. Esos momentos eran nuestros puentes de alegría, pequeños destellos de luz en la penumbra.

Por supuesto, no faltaron las diferencias. Siendo dos personalidades fuertes, chocábamos. A veces estábamos enfrentados el uno al otro por alguna discusión trivial, peleas de hermanos que, en el fondo, eran solo una forma de reafirmar que seguíamos ahí, que importábamos el uno para el otro. Pero estos desacuerdos nunca duraban. La realidad de nuestro entorno nos recordaba rápidamente que, divididos, éramos vulnerables; unidos, éramos una fuerza.

Luis Alberto me enseñó la resiliencia con su terquedad, y yo le ofrecí mi empatía y mi ingenio para encontrar salidas. Creamos un vínculo inquebrantable, una red de apoyo social que nos ayudó a hacer frente a situaciones adversas. Nuestra historia no es un cuento de hadas, sino un testimonio de supervivencia y amor fraterno, demostrando que incluso de la violencia y el abandono, si se tiene el apoyo adecuado, se puede salir adelante y trabajar por un futuro mejor. Juntos aprendimos que la familia es más importante que cualquier obstáculo y que el amor puede superarlo todo.

La vida adulta nos reencontró, y la cercanía física se mantuvo a pesar de formar nuestros propios hogares. En la cancha de fútbol, en las tardes compartidas, éramos los hermanos más unidos, un solo latido en dos pechos. La distancia nunca fue un factor, siempre cerca, siempre cómplices.

Pero la sombra del alcohol, esa plaga silenciosa, se cernió sobre su vida adulta, convirtiéndolo en otra víctima de sus garras. Sufrí con sus crisis, con su lucha, viendo cómo mi hermano del alma se perdía en un laberinto de dolor y adicción. Esas penas, ese sufrimiento compartido, se convirtieron en el último capítulo de nuestra historia juntos, un recordatorio agridulce de que incluso los lazos más fuertes pueden ser probados por las adversidades más oscuras. Su recuerdo perdura, un faro de luz y sombra, en el vasto océano de mi memoria, después de aquel triste dia 4 de septiembre de 1917.

MIRNA, EL ÁNGEL DANZANTE Y LA PREOCUPACIÓN SILENCIOSA


                                                                               Mirna Aracely

Desde los albores de nuestra infancia, mi hermanita Mirna fue un ángel de la guarda con pies en la tierra, una presencia constante que velaba por mi camino. Su cuidado no conoció límites de edad; persistió en la vida adulta, manifestándose en llamadas puntuales, en una preocupación que trascendía la distancia y el tiempo.

Su corazón albergaba una pena silenciosa por mi alcoholismo, un temor que la carcomía y que yo sentía en cada palabra de aliento, en cada pregunta sobre mi bienestar. Su amor era un escudo, un recordatorio de que no estaba solo en esa batalla.

Mirna era la encarnación de la alegría. Un alma bella que iluminaba cada espacio que pisaba. En su lugar de residencia, el vecindario entero la estimaba, un faro de luz y amabilidad en la comunidad. Su espíritu era música; donde quiera que nos encontrábamos, ella bailaba, creando ambiente, pintando de colores los momentos compartidos con su risa y su energía contagiosa.

LA LLAMADA FATÍDICA

El teléfono sonó como cualquier otro día, un sonido trivial que rompía el silencio de la tarde. En la pantalla, el nombre de Rosalinda, mi hermana. Contesté con la rutina de quien espera una conversación cotidiana, pero su voz al otro lado de la línea cortó el aire. No había saludo, solo un tono que inmediatamente supe que traía consigo una tormenta.

Las palabras que le siguieron se sintieron pesadas, como piedras cayendo en un pozo profundo: "Mirna ha partido a la presencia del Señor".

Cuarenta y nueve años. Apenas cuarenta y nueve años. Mirna. La menor de todos nosotros, la que siempre ocuparíamos el rol de proteger. En el tablero de la vida familiar, ella era la pieza que se suponía que estaría allí hasta el final, arropada por los mayores. La ironía del destino es cruel: la más joven fue la primera en irse, la que Dios se llevó en la edad más temprana.

La noticia se instaló en el pecho, un frío helado que no se va con el calor del sol. La vida tiene estas fracturas inesperadas, momentos que dividen la existencia en un "antes" y un "después". Ese día, a través de la voz de Rosalinda, comenzó el "después" sin Mirna.

Nunca olvidaré ese momento, la forma en que el mundo se detuvo mientras las agujas del reloj seguían su marcha indiferente. Ahora, su recuerdo se siente como una ausencia permanente, un asiento vacío en la mesa familiar que nos recuerda constantemente la fragilidad de la vida y el dolor de perder a quien se ama tan pronto.

Hoy, a varios años de su partida, su ausencia es un silencio que pesa, un vacío que ninguna otra presencia puede llenar. Sigo extrañando esas llamadas, esa preocupación genuina, esa unión que nos definía. Mirna, el ángel danzante, dejó una estela de luz en mi vida y en la de todos los que la conocieron, un recuerdo imborrable de amor, alegría y cuidado incondicional.

EL MANIFIESTO DEL ALMA JUSTA: HUMILDAD, DOLOR Y EL POLVO COMÚN

El ambiente de mi infancia, un crisol de carencias y humillaciones compartidas con Luis Alberto, grabó a fuego en mi alma una aversión visceral a la injusticia. Forjó en mí un código inquebrantable: ser el defensor de los más humildes, el escudo de los desprotegidos. Mis hermanas, especialmente, encontraron en mí un guardián constante, siempre cerca, siempre dispuesto a interponerme cuando creía que eran víctimas de maltrato. Esa fue mi misión, mi legado, mi verdad.

A lo largo de los años, he destilado una filosofía simple, quizás equivocada a ojos de algunos, pero inmutable para mí: en el mundo solo existen dos clases sociales. No distingo por raza o credo, sino por la cruda realidad del tener y el no tener. Pero esa distinción, que parece dictar el curso de la vida, se disuelve ante las verdades universales del dolor y la muerte.

En los pasillos del hospital, ricos y pobres compartimos los mismos dolores punzantes, los mismos temores helados, la misma fragilidad de la carne. Y al final, en ese desenlace inevitable que es la muerte, la ironía del destino se manifiesta con crudeza. El cuerpo, sin importar si yacía en un lecho de seda o en un jergón, emana malos olores igual a los tres días. Y la tierra, esa madre universal, lo acoge sin distinción. El cajón de oro o la simple madera; ambos terminan enterrados en el mismo polvo, nivelando todas las diferencias que en vida construimos con tanto ahínco.

Esa es mi verdad. Una vida dedicada a la defensa de los débiles, anclada en la convicción de que, en lo esencial, todos somos iguales ante el sufrimiento y ante el inevitable regreso a la tierra.

LA DIGNIDAD DEL NOMBRE: EL "VOS" Y LA GEOGRAFÍA DEL RESPETO


En el complejo mapa de la cultura hondureña, el lenguaje traza fronteras invisibles, marca jerarquías y dicta quién está arriba y quién abajo. El pronombre "vos", en su uso cotidiano, se transforma en un sutil (o no tan sutil) instrumento de poder, un recordatorio constante de la desigualdad social. El patrón vocea al trabajador, un gesto de superioridad arraigado en la creencia de que el nivel jerárquico otorga el derecho a la familiaridad sin reciprocidad.

Nunca he permitido que nadie me trate de "vos". Esta no es una simple preferencia gramatical, sino una inquebrantable declaración de principios, un muro de contención que he levantado para proteger mi dignidad. Es mi forma de decir: "Soy tu igual. Nuestra humanidad es la misma, sin importar la cartera, el puesto o la cuna".

En un mundo donde la deferencia se exige desde la cima hacia la base, mi resistencia es un acto de rebeldía silenciosa. Cada vez que insisto en el trato respetuoso, reivindico el valor intrínseco de mi persona y desafío esas normas tácitas que pretenden disminuir al humilde. Es mi manera de asegurar que el respeto fluya en ambas direcciones, como un río que no distingue entre las orillas del rico y del pobre.

Mi postura es un eco de la filosofía que me ha guiado: la igualdad fundamental ante el dolor y la muerte. Si al final todos apestamos igual a los tres días y la tierra nos acoge sin distinción, ¿Qué sentido tienen esas barreras lingüísticas que nos separan en vida?

Así, en cada interacción, en cada corrección educada sobre el uso del pronombre, reafirmo mi creencia en un mundo más justo, donde la dignidad no es un privilegio, sino un derecho inalienable para todos.

HISTORIA DE UNA BÚSQUEDA: LA FAMILIA DE MI PADRE: 1964)

          

Mi Padre Juan Angel                                     Mi Abuela Juana

A inicios  del año 1964 mi padre me llevo a Yuscarán su lugar de origen, ahí conocí a mi ¨Abuela Juana Chiquita¨ (Así le decían de cariño) nacida en el año 1861 contaba ya con 103 años de historia en su haber, era de muy baja estatura, pero muy firme de carácter, conocí a mis tíos Luis, Rafael, María, Andrea. Así como a  una gran cantidad de personas que  conformaban esa numerosa familia, con quienes me sentí muy emocionado al ver por primera vez, como era convivir con  ellos.

En mi familia, el tiempo parece fluir a un ritmo diferente, más pausado, como si los años, en lugar de pesar, se asentaran con gracia sobre nuestros hombros. Vengo de una familia especial, una línea de vida que se extiende a través de generaciones marcadas por una longevidad asombrosa.

Somos una estirpe de longevos, y entre todos ellos, brillan con luz propia tres pilares de nuestra historia. La matriarca, mi abuela, vivió hasta los 117 años, (1861 -1978)    un siglo y casi dos décadas de sabiduría, anécdotas y una fuerza indomable.

Le seguía de cerca mi tía María, que nos acompañó durante 105 años, regalándonos su sonrisa y su calma. Y no podemos olvidar a mi tía Andrea, que con sus 101 años completó este trío de mujeres centenarias, guardianas de innumerables secretos familiares.

Sus vidas no fueron solo números en un registro civil, sino la prueba viviente de una herencia inestimable: la bendición de una vida larga y plena. Su recuerdo es un faro que ilumina nuestro camino, recordándonos la fuerza y la resistencia que corren por nuestras venas.

Mi abuela era una mujer 'recia', de esas que marcan con su sola presencia. Su amor venía envuelto en una capa de firmeza inquebrantable, una disciplina que dictaba el ritmo de mis días en aquel pequeño cuartito que compartíamos.

Recuerdo sus consejos, a veces más regaños que palabras suaves, diseñados para protegerme del mundo exterior que, según ella, acechaba más allá de nuestra puerta. No me dejaba salir mucho, y cada intento de escape era recibido con una mirada severa que me anclaba de nuevo a la realidad de nuestro hogar.

Pero, ¡ay, sus abrazos! Eran la contraparte perfecta de su semblante adusto. Cuando me estrechaba contra su pecho, toda la rectitud se derretía en una ternura infinita. Eran los abrazos más tiernos, solo comparables a los de mi padre, un refugio de paz que me brindó durante aquellos meses que conviví con ella.

Esos momentos de dualidad, entre la reprimenda y el cariño puro, se quedaron grabados a fuego en mi memoria. Poco sabía yo entonces que pasarían muchísimos años antes de que nuestros caminos volvieran a cruzarse, dejando esos recuerdos como un tesoro agridulce de mi infancia."

En aquel pintoresco pueblo, yo me paseaba por sus calles empedradas sintiendo un orgullo inmenso, el orgullo de ser parte de la familia Rodríguez.

LA VERGÜENZA DEL HEDOR:

Recuerdo una ocasión que se grabó en mi memoria por la tremenda vergüenza que pasé. Una prima , con la intención de quedar bien conmigo y hacerme sentir bienvenido, me llevó a dormir a su casa. La generosidad fue total: dormiría en la misma cama que su hijo, quien tenía mí misma edad, unos trece años.

El problema surgió cuando me quité los tenis que traía puestos. Un hedor tan potente e insoportable impregnó la habitación en cuestión de segundos, haciendo casi imposible respirar. La atmósfera se volvió irrespirable. La situación se volvió cómica y penosa a la vez: tuvieron que actuar rápido. Alguien, no recuerdo quién, tiró una sábana gruesa sobre los apestosos zapatos para intentar aislar el mal olor.

Al día siguiente, no hubo regaños, pero sí una indicación clara. Me entregaron jabón en mano y me enviaron a la quebrada más cercana. El objetivo era hacer una "limpieza general": no solo de los tenis, sino, sentía yo, de mi dignidad. Fue una lección de higiene que nunca olvidaría, marcada por el recuerdo imborrable de aquella humillante noche.

EN BUSCA DE ORO:

En el álbum de mis recuerdos, la imagen de mi tío Bernabé resalta con una claridad que el tiempo no ha podido desvanecer. Era un hombre hecho de campo y brega, cuya apariencia rústica contrastaba con el brillo de sus ojos.

Siempre lo recuerdo vestido de la misma guisa: un viejo pantalón caqui, tan curtido como su piel, y una camisa de manga larga que había perdido su color original por el uso y el sol implacable. Sus pies calzaban unos caites que, con solo verlos, se percibía que pesaban tanto como los años que cargaba sobre su espalda, gastados por miles de pasos en la tierra.

Su rostro estaba enmarcado por una barba mal cuidada y un sombrero de copa lleno de manchas color café, su compañero inseparable. Y, por supuesto, no faltaba nunca el pedazo de tabaco que masticaba incansablemente, escupiendo a diestro y siniestro, marcando su territorio con cada mascada.

Pero más allá de esa estampa de hombre rudo, lo que realmente me impactó fue verlo trabajar. Tenía una destreza fascinante, casi hipnótica, al extraer oro de aquella quebrada. Era su dominio, su arte. En ese riachuelo donde, según supe, corrían todo tipo de metales, mi tío Bernabé se transformaba. Con sus manos expertas y su paciencia infinita, separaba el brillo dorado de la grava, revelando la riqueza oculta de la tierra. Un verdadero maestro de la naturaleza y del metal."

EL ATOL DE ELOTE:

Durante mi estancia en aquel pueblo que ya albergaba tantas historias, el destino me tenía reservado un encuentro aún más personal y emotivo: conocer a mis hermanos por parte de padre, Gustavo Adolfo y María del Carmen.

Su madre, doña Alejandra, era el vivo retrato de la humildad y la sencillez, pero su corazón era tan grande como su disposición a servir. Vivía en lo alto del cerro, y a pesar de la distancia y la subida, cada tarde se convertía en una cita obligada para mí.

Subía por aquellas veredas polvorientas con la única motivación de disfrutar de su compañía y, por supuesto, de degustar el delicioso "atol de elote" que preparaba con un cariño inigualable. Aquel sabor dulce y cremoso, servido en jícaras que parecían absorber el calor del sol, se siente en mi memoria como el sabor de la bienvenida a una familia que, sin saberlo, me estaba esperando. Esos encuentros en la cima del cerro, con el atol como testigo, sellaron la unión con mis hermanos y grabaron en mi memoria la generosidad de doña Alejandra.

FIN DE LA AVENTURA EN YUSCARÁN:

La paz de aquel remanso, sin embargo, no duraría mucho. Recuerdo que un día después de estar en el lugar por unos 4 meses, una de mis primas me avisó que mi padre solicitaba urgente mi presencia en Tegucigalpa. Yo, desde luego, estaba muy cómodo en mi nueva vida; había encontrado un hogar, una estructura, y no quería volver al pasado sombrío de la capital.

Me negué a regresar. Así se lo hicieron saber a mi padre, quien, ejerciendo la autoridad que la ley le otorgaba, amenazó con traerme por medio de la policía si no obedecía. La noticia cayó como un jarro de agua fría, disipando la calidez de los abrazos de la Abuela Juana.

En el mes de agosto de 1964, Regresé a Tegucigalpa cargado con la incertidumbre de lo que me esperaba. El miedo al pasado pugnaba con una extraña premonición. Aún no lo sabía, pero estaba a punto de dar un salto muy importante hacia mi futuro; un futuro que, aunque incierto, me alejaría para siempre del olor a licor y de la miseria que había marcado mi niñez.

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  1. Wow Que hermoso saver mas de ti ,, compartir parte de tu vida es gratificante porque no solo recuerdas si no tanvien sanas cualquier dolor ,, que ayas atravesado ,, gracias por compartirlo ,,,

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