DEL BARRO A LA PAZ - El Internado de La Esperanza - Capitulo 4
DEL BARRO A LA PAZ - El Internado de La Esperanza 1964 – 1968
Capítulo 4
Corría un mes de agosto de 1964. Acababa de regresar de Yuscarán, y el ambiente en casa se sentía diferente, cargado de decisiones tomadas en mi ausencia. Fue entonces cuando me enteré del giro que mi vida estaba a punto de dar.
Mi padre y mi hermano Luis Alberto quien ya había progresado, (15 años) trabajando como conserje y planeando irse a vivir con nuestro hermano mayor Arnaldo, habían estado haciendo gestiones discretas.
El resultado de esas gestiones era mi destino: me internarían en la 'Casa Hogar número tres', un centro para niños varones administrado por el estado a través de la Junta Nacional de Bienestar Social, en el barrio La Esperanza de Tegucigalpa.
No fue una consulta, sino una decisión tomada por mi bien, un punto de inflexión que me sacaría del mundo que conocía y me sumergiría en la disciplina y la estructura de un hogar estatal. Mi infancia 'libre' había terminado; un nuevo y desconocido capítulo estaba por comenzar."
Cuando
llegué a la casa hogar un mes de octubre 1964 tenía apenas trece años, pero
sentía como si ya hubiera vivido una vida entera. Venía de una infancia dura,
marcada por la ausencia de mi madre, la pobreza extrema y la lucha constante de
mi padre contra el alcohol. Aun así, entrar a ese internado fue como cruzar una
frontera invisible: dejaba atrás mi hogar, pero entraba a un lugar donde, por
primera vez, tendría estructura, disciplina y un sentido de dirección.
Éramos
muchos los que llegábamos allí por distintas razones: abandono, pobreza,
violencia, orfandad. Ninguno estaba por elección, pero todos entendíamos que
ese lugar era, en cierto modo, una segunda oportunidad. Éramos niños cargando
historias de dolor, intentando aprender a vivir sin repetirlas.
El predio constaba de dos dormitorios grandes donde nos albergábamos un promedio de 35 niños, tenía un gran salón donde podíamos ver televisión y estudiar, una cancha de basquetbol, un comedor grande donde nos sentábamos todos a tomar nuestros alimentos, una capilla y un área de columpios, sus instalaciones eran grandes y agradables.
EL SABOR DE LA JUSTICIA: MIS FRIJOLES "MACHUCADOS"
Los directores de la casa hogar siempre fueron
maestros de primaria, lo que garantizaba un trato cercano. Cuando ingresé, la
dirección estaba a cargo de Mangui de López, una maestra cubana de
voz tan dulce y espíritu tan maternal que todos la llamábamos con cariño "tía" o "madrina".
Ella fue el bálsamo en esos primeros años de internado.
Un día, la rutina se rompió con la visita de la primera dama, Doña Gloria de López Arellano. Su misión era seria: supervisar personalmente que los maestros nos trataran con dignidad. La alimentación era suficiente, pero monótona. Recuerdo que ante la insistencia de las trabajadoras sociales y de la misma primera dama para que denunciáramos cualquier malestar, algo se movió dentro de mí.
Nuestras mañanas comenzaban con la precisión de un
reloj. Antes de que el sol terminara de salir, ya estábamos en pie cumpliendo
con los deberes de aseo asignados; cada rincón de la casa hogar debía quedar
impecable bajo nuestra responsabilidad. Tras el desayuno, la casa se convertía
en un ir y venir de jóvenes listos para enfrentar el día.
Aquellos que asistíamos al colegio, a la escuela o
a los talleres de aprendizaje, salíamos con orgullo portando nuestro uniforme
habitual: el pantalón azul marino bien planchado y la camisa
blanca impecable. Ese uniforme no solo era nuestra vestimenta, era el
símbolo de nuestra identidad como estudiantes y el esfuerzo de la institución
por darnos una apariencia digna ante la sociedad.
Caminábamos hacia nuestras metas con la disciplina
aprendida en casa, sabiendo que, al regresar, nos esperaba el calor de la
"madrina" Mangui y, desde aquel día histórico, el aroma reconfortante
de los frijolitos fritos que Doña Gloria nos había concedido.
Domingos de Misa y Pasión por el
Fútbol
La semana encontraba su ritmo diferente los
domingos. La mañana se dedicaba a la espiritualidad: en ocasiones, teníamos la
suerte de contar con misa dentro de nuestra propia capilla, un espacio de
recogimiento íntimo. Otras veces, caminábamos hacia la Iglesia Medalla
Milagrosa ubicada en el barrio san Felipe de Tegucigalpa, un punto de
referencia que nos conectaba con la comunidad exterior. Otro de los eventos del
dia domingo eran las visitas de los familiares, de las que yo recuerdo haber
recibido muy pocas veces.
Era un dia domingo,
y el aburrimiento típico de la casa hogar nos carcomía las entrañas. Cinco
valientes, yo incluido, decidimos emprender una misión: robar naranjas de una
hacienda cercana. El plan era sencillo; el objetivo, un tesoro cítrico
invaluable.
Armados con nada más que nuestras camisas, que improvisamos como bolsas, nos infiltramos en el naranjal a la una de la tarde, justo cuando el sol pegaba con más fuerza. Estábamos en plena faena, llenando nuestras improvisadas bolsas, cuando la fortuna nos abandonó. Aparecieron tres guardias, rudos y con rifle en mano. ¡Nos atraparon! El pánico se apoderó de nosotros.
Rogamos, suplicamos y prometimos no volver a hacerlo, pero aquellos hombres no estaban dispuestos a soltar a su presa tan fácilmente. Tenían un plan. Nos soltarían, dijeron, si les ayudábamos con una "pequeña" tarea: mover una camionada de arena. Cada uno con una pala, empapados en sudor, comenzamos la tarea con un entusiasmo forzado, impulsados por la esperanza de regresar a tiempo al internado.
A las tres de la tarde terminamos la tarea, exhaustos pero contentos, listos para la libertad. Fue entonces cuando nos dieron la noticia más cruel: la arena debía volver a su lugar original. Era un castigo de Sísifo, una tortura bajo el sol del campo.
Terminamos la tarea al filo de las seis la tarde, rotos por el cansancio. Regresamos a la casa hogar hechos un desastre: la ropa impregnada de tierra, mezclada con el sudor y el jugo de unas pocas naranjas que logramos salvar.
Al llegar, la evidencia hablaba por sí sola. No hubo forma de ocultar nuestra falta. Tuvimos que confesar nuestra "odisea" al director, y la jornada culminó con un nuevo castigo. Aprendimos una lección ese día: el precio de las naranjas robadas puede ser muy, muy alto.
CULTURA GENERAL Y OFICIS DEL ALMA: MIS AÑOS EN EL INTERNADO
Durante mis 3 años en la casa hogar cursé el ciclo común de cultura general, pero lo que realmente marcó mi destino fue que tuve la oportunidad de ser parte de los aprendices de Mecánica automotriz, de un taller muy reconocido de ese tiempo, convirtiéndome en el mejor de los ayudantes / aprendices. También aprendí en ese lugar el oficio de la Sastrería, que me serviría como base para más adelante convertirme en un Tapicero.
La
primera vez que me senté frente a una máquina de coser sentí algo extraño: una
sensación de control, de precisión, de calma. Cada puntada era un recordatorio
de que, aunque mi vida había sido un tejido lleno de remiendos, podía aprender
a construir algo nuevo con mis propias manos.
"La Casa Hogar
número tres, a pesar de ser un internado, no solo fue un lugar de reglas y
estructura; fue allí donde mi perspectiva del mundo comenzó a transformarse.
En este tiempo teníamos como director a un maestro rural, un militar
retirado muy rudo de nombre Tiburcio. El estigma de la orfandad era una carga
pesada. En aquel internado para niños con un solo progenitor ausente, el
pensamiento de ser menos que los demás persistía, alimentado por las miradas de
compasión que nos lanzaban desde fuera. El hogar que debía protegernos se
sentía a menudo como una herida abierta, un lugar donde nuestra propia
existencia parecía ser la ofensa. La injusticia nos empujaba a la rebeldía como
único acto de dignidad.
El resentimiento se
materializó en el inventario de la bodega. Había abundancia de productos que
jamás probábamos. Observábamos, impotentes, cómo los encargados se lucraban de
nuestra carencia, utilizando nuestras propias manos infantiles para cargar las
provisiones que se llevaban a sus casas.
La conspiración nació del hambre, física y moral. Un dia, un grupo de nosotros se coló en la despensa. Llenamos nuestros brazos con latas de Nestum y Cerelac, tesoros prohibidos que llevamos a la capilla escondiéndolos en las gavetas de los muebles que había ahí, buscando refugio en la penumbra para nuestro acto de desafío.
ahí llegábamos de incognito
a degustar aquellos manjares prohibidos para nosotros, aunque las donaciones
eran entregadas precisamente para nuestro uso.
Pero la traición se
cernía sobre nosotros. Un soplo delató nuestro "botín". La represalia
fue cruel. No hubo sermones, solo la brutalidad física: tres horas de castigo,
corriendo incansablemente bajo el sol abrasador, un sudor amargo que sabía a
Cerelac robado y a la amarga realidad de nuestra condición.
En aquel tiempo,
tener un televisor no era solo un lujo, era un imán que convocaba a todo el
vecindario. Cada sábado, el salón grande se transformaba en nuestro cuartel
general. Era un espacio amplio, de techos altos, donde el eco de las
explosiones de la serie "Combate" retumbaba con una
fuerza especial.
La logística era
sencilla pero rigurosa: una multitud de niños del Barrio La Esperanza se
agolpaba a la entrada, entregando sus dos centavos para ganar
el derecho a pasar. Una vez adentro, el ritual era el mismo para todos:
sentarse en el piso de mosaico, cuyas baldosas frías apenas
sentíamos debido a la adrenalina de ver al Sargento Saunders en acción.
Ver esa pantalla en blanco y negro, rodeados de amigos sobre el suelo, convertía la sala en un campo de batalla imaginario. Con el producto de aquellas entradas y contando siempre con la autorización del director del centro, salíamos a comprar golosinas. Era el cierre perfecto para la jornada; un botín que repartíamos entre los más grandes, celebrando el éxito de nuestro pequeño cine improvisado mientras el eco de los disparos de la televisión aún vibraba en el aire del barrio.
El Acueducto de la Esperanza
Mi verdadera jornada empezaba al filo de las siete de la noche, Mientras los demás niños aún preparaban sus tareas o veían la televisión, yo aprovechaba el descuido de los encargados para regalar agua a los vecinos humildes. El agradecimiento en sus ojos era mi mejor paga, pero la vigilancia no tardó en caer sobre mí.
Cuando me descubrieron, las autoridades de la casa hogar fueron tajantes: se me prohibió regalar el agua y se me impuso un "toque de queda" que no me permitía salir a esa hora. Pensaron que con el encierro se secaría mi voluntad, pero no contaban con que la solidaridad es contagiosa.
Mi deseo de ayudar era más fuerte que el castigo. Con la misma disciplina con la que coordinábamos las entradas de dos centavos para ver la televisión, organicé una red de relevos. Instruí a un compañero para que me sustituyera en secreto; yo dirigía desde adentro y él operaba la cisterna afuera.
Aquella acción no se detuvo. Aunque yo estuviera bajo llave, el agua seguía fluyendo hacia las tinas del barrio, demostrando que, incluso en la escasez, la voluntad de un grupo de niños organizados podía vencer cualquier prohibición.
En medio de esa
rutina, conocí a mi primera novia: María Teonila. (Ella también estaba interna
en una casa hogar para niñas) Estos primeros y puros afectos infantiles fueron
la luz que disipó las sombras y el aire sepulcral que hasta entonces había
teñido mi visión de la vida.
Dejaron de importarme las carencias y los miedos pasados. Cada día me levantaba con una nueva expectativa, con el deseo vibrante de vivir algo diferente. Esas conexiones, aunque inocentes, me recordaron que la vida está llena de momentos dulces y que, a pesar de todo, el corazón siempre busca la alegría y la esperanza.
Entre la disciplina del uniforme y los recuerdos
amargos de la bodega, hubo una luz al final del túnel: mi asistencia al taller
de mecánica automotriz en la "Empresa Álvarez", ubicada
en la Ciudad de Comayagüela.
Aquel lugar marcó el inicio de mi independencia
real. Salir a diario de la Casa Hogar me proporcionaba algo más que una rutina;
me daba una sensación vital de propósito y la seguridad de seguir protegido,
por el momento, bajo el paraguas de la institución.
Pero, sobre todo, la experiencia en la Empresa
Álvarez me brindó la oportunidad invaluable de aprender a asumir
responsabilidades en un entorno de trabajo real. El olor a grasa, el ruido de
las herramientas y la camaradería de los mecánicos fueron mi verdadera escuela.
Allí no solo aprendí un oficio, sino que forjé el carácter y la ética de
trabajo que me permitirían, eventualmente, trazar mi propio camino fuera de los
muros de la casa hogar y dejar atrás para siempre el estigma de la orfandad.
Mi actitud fue
clave: una sed inagotable de aprendizaje. No tardé en destacar. Escalé
posiciones rápidamente, alcanzando el primer lugar entre todos los aprendices y
ayudantes. Mi dedicación no pasó desapercibida.
A mis 14 años me convertí en uno de los pocos afortunados a los que se les permitía manejar vehículos con un permiso especial que daban las autoridades, una rareza para un simple ayudante, además era el único que hacía trabajos de mantenimiento y trabajos de reparaciones asignados.
Justo cuando mi
carrera florecía, la humillación y la injusticia volvieron a golpear. El jefe
del taller me pidió que buscara un cargador de baterías de la bodega. Fui, lo
retiré registrándolo a mi nombre, y antes de irme, se lo entregué confiado, con
la promesa de que él lo devolvería más tarde.
Unos quince días después, el encargado de bodega me llamó, exigiendo el cargador que aún figuraba bajo mi responsabilidad. Cuando confronté al jefe, este se negó rotundamente a aceptar que yo se lo había dado. Su palabra contra la mía.
Me pidieron que aceptara mi 'error' y pagara el cargador. Negarme a pagar no era solo una cuestión de dinero; era una cuestión de integridad. Pagar habría significado aceptar que era un ladrón, y eso no era cierto. Me mantuve firme, pero la consecuencia fue inmediata y devastadora.
EL GIRO INESPERADO DEL DESTINO
La vida en el
Barrio La Esperanza estaba llena de lecciones, no solo sobre el agua y la
televisión. Aprendí sobre la injusticia cuando mi prometedora carrera en
la mecánica automotriz, que había comenzado con tanta ilusión y
éxito, llegó a su abrupto y doloroso final. Fui acusado de algo que no cometí.
El castigo por no
aceptar una culpabilidad inexistente fue la expulsión del taller. Me obligaron
a buscar por mi cuenta un lugar donde seguir aprendiendo. Caminé por el barrio
y más allá, pero no encontré un lugar donde me dieran la oportunidad; las puertas
del mundo automotriz se cerraron ante mí.
Fue en ese momento
de desespero que un interés latente salió a la luz. A mí me gustaba ver cómo
los sastres elaboraban con tanta destreza los pantalones, midiendo, cortando y
cosiendo con una precisión que me recordaba a la mecánica. Con el afán de continuar
mi ciclo de aprendizaje, y recomendado por una trabajadora social que vio mi
potencial, llegué a un taller de sastrería.
El olor a grasa y combustible dio paso al olor a tela y vapor. En ese nuevo oficio, encontré un refugio y un nuevo camino, transformando la frustración de la injusticia en la meticulosidad de un nuevo arte, demostrando que el aprendizaje no se detiene, solo cambia de herramienta: de la llave de tuercas a la aguja.
Corría mi decimoquinto
año de vida, una edad marcada por la curiosidad y una disposición innata a
absorberlo todo. En aquel entonces, una confusión agridulce inundó mi pequeño
cerebro. Mi afán de aprender me había llevado a familiarizarme, de forma
básica, con la máquina de escribir que amablemente me prestaba el director.
Esa máquina se convirtió en mi cómplice. Con sus teclas, tecleaba mis cartas de amor, mis susurros de papel dirigidos a una novia que residía en un internado cercano. Atesoraba sus respuestas, cada hoja cuidadosamente guardada bajo el colchón de mi cama, un santuario secreto para nuestro tierno intercambio.
La inocencia de aquel pasatiempo se truncó cuando un compañero, a quien yo también ayudaba a redactar sus misivas, se molestó. Su novia descubrió mi autoría, y su enfado apuntó directamente hacia mí. Consumido por el resentimiento, mi compañero, Rolando, me reportó con el director del centro.
La mañana siguiente, mientras me preparaba para asistir a mi jornada de aprendizaje, el director me detuvo. "Tienes cita con la psicóloga", me informó. Yo ni siquiera sabía qué implicaba esa profesión, qué misterios trataba.
Apareció una joven, muy bonita, que se presentó como la persona que esperaba. Con una voz suave pero firme, comenzó a interrogarme sobre el noviazgo, un concepto que yo apenas entendía en su totalidad formal.
El tono cambió cuando me reveló que habían encontrado mi tesoro oculto: las cartas bajo mi colchón. La sentencia cayó con peso: no podía tener novia porque, según las normas del internado y las expectativas de la época, no estaba en condiciones de casarme.
Me sentí profundamente ruborizado por la forma en que me hablaba, como si hubiera cometido un error monumental, un fallo imperdonable en el gran libro de la vida. Aquel momento quedó grabado como la primera vez que sentí el peso de las expectativas sociales y la complejidad de los sentimientos que, a mis quince años, solo sabía expresar a través de la tinta y el papel.
Bajo el Mando del sargento: Cicatrices en el Barrio La Esperanza
Mi cuerpo conserva el mapa de esa época. En mi brazo derecho llevo una cicatriz emborrable: la marca de una cadena de metal con un manojo de llaves que aquel hombre usaba como arma. Mi "delito" ocurrió un domingo, cuando con la prisa de asistir a misa, solicité mi ropa sin hacer la fila. De repente, sentí el golpe seco del metal. La cadena me rompió la piel y la sangre empezó a fluir de mi antebrazo, tiñendo el momento de un rojo violento.
Al día siguiente, el dolor no me permitió salir al taller de mecánica. Cuando la trabajadora social llamó para preguntar por mi ausencia, no guardé silencio. Confronté al director por su castigo inhumano frente a ella. Ese acto de dignidad fue el inicio de un nuevo calvario: me convertí en el blanco de su desprecio personal.
Nos trataba como reclutas, y a los mayores, de entre 15 y 17 años, nos retaba a golpes, como si la violencia fuera una lección de vida. Mi relación con él era tensa, marcada por mis constantes reclamos por el trato inhumano que nos daba.
La confrontación final llegó por un apodo. Le decíamos "el viejo Nokia", no por la durabilidad, sino porque su aliento nos "noqueaba". Él me escuchó. La furia se apoderó de su rostro y me persiguió por la casa hogar, empuñando su faja, la hebilla lista para impactar contra mi piel. Logré esquivarlo, pero su grito me heló la sangre: "¡Si regresas, te mato!". El miedo fue real, visceral.
Corrí a buscar a mi padre, mi única esperanza. Cuando el director lo vio, su actitud dio un giro nauseabundo. Se deshizo en halagos falsos hacia mi persona, juró quererme como a un hijo, e incluso me llamó aparte, fingiendo darme consejos paternales. Mi padre, engañado por la máscara de bondad, se fue convencido de mi culpabilidad, y a mí solo me quedó aguantar el castigo que el tirano me impuso, una injusticia que se grabó en mi piel y en mi memoria.
Corría el año 1968, y el ambiente en el internado era insoportable. El director, ese militar retirado con aliento a viejo Nokia, ya no disimulaba su aversión hacia mí. Un día me llamó a su oficina y, sin rodeos, soltó la amenaza: me mandaría a "Jalteva".
Jalteva era un
nombre que nos helaba la sangre a todos; no era un reformatorio, era un centro
de reclusión para delincuentes juveniles. Me dijo que no me soportaba más, que
mi presencia era un problema.
La rabia me dio el valor para mantenerme firme:
—Mejor deme el
egreso —le respondí, plantándome frente a su escritorio—. Yo no soy un
delincuente. Si me porto mal, es porque usted me provoca constantemente con su
trato.
Mi desafío lo
desarmó momentáneamente. Evaluó la situación, y quizás el miedo a un escándalo
mayor pudo más que su ira. Cambió la táctica:
—Ve a buscar a tu
padre —ordenó finalmente, con un tono más frío que la amenaza anterior—. Que
venga él y te lleve, no te quiero aquí.
Salí de allí sabiendo que había ganado una pequeña batalla, pero que la guerra por mi salida definitiva apenas comenzaba.
Impulsado por la
amenaza y por la orden de irme, fui en busca de mi padre. Le conté exactamente
lo que estaba aconteciendo, sin omitir detalles del infierno que se vivía tras
esos muros. Para entonces, yo ya no era un niño asustado; la vida en ese internado
me había enseñado a defenderme, a endurecerme.
Estaba dispuesto a enfrentarme, una vez más, a mi destino, pero esta vez no estaba solo. Contaba con la inestimable ayuda de mi padre.
Él no dudó. Se
presentó en la casa hogar con una determinación silenciosa que contrastaba con
la histeria del director. Su presencia fue suficiente para iniciar el proceso,
el primer paso formal hacia mi liberación. La burocracia del egreso tomó
tiempo, dos meses de tensa espera dentro del mismo lugar del que me quería
fuera, pero la cuenta atrás había comenzado.
Dos meses después,
finalmente, puse un pie fuera de aquel sitio para siempre, dejando atrás las
cicatrices y la injusticia.
(Al dejar tu comentario, por favor escribe tu nombre para identificarte)
Excelente me gusta mucho la historia más si es de mi tío
ResponderBorrarMuy bueno
BorrarGracias por acompañarme en este proyecto, muy pronto estaré compartiendo el Capitulo numero 5 de esta historia de mi vida.
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