DEL BARRO A LA PAZ - El Barro y el Humo - Capitulo 1
EL BARRO Y EL HUMO Capitulo 1 (1952)
"Mi
primer recuerdo consciente no es de un juguete ni de un abrazo materno, sino
del crujido del suelo de tierra bajo los pies pesados de mi
padre, y el olor acre del alcohol que dominaba la única habitación que
llamábamos hogar.
Tenía apenas cuatro años, y la ausencia de mi Madre, que había fallecido dos años atrás, pesaba más que el techo de zinc que nos cubría de la lluvia. En esa escena, en ese olor y ese silencio, quedó sellado el destino del que pasaría décadas intentando escapar."
Y añorando ver algún dia a aquella mujer
hermosa llena de vida, que estaba reflejada en aquel retrato que mi Padre ,
miraba tanto cuando estaba bien tomado.
Nací el 8 de abril de 1952, en una Honduras que todavía olía a tierra húmeda, fogones de leña y humildad. Vine al mundo como el penúltimo de once hijos, parte de una familia numerosa donde la vida nunca fue fácil, pero siempre real.
Hoy solo quedamos con vida mi
hermana Rosalinda y yo; los demás se fueron quedando en el camino, como hojas
que caen con el paso del tiempo.
Mi madre, Rosaura Suazo, murió
cuando yo apenas tenía dos años. No tengo recuerdos de su voz ni de su abrazo,
pero su ausencia marcó cada rincón de mi vida. Mi padre, Juan Ángel Rodríguez,
quedó solo con 4 hijos y una pobreza que parecía no terminar nunca.
Después de la muerte de mi madre, él se quedó
con Rosalinda de (6 años), Mirna (1 año), Luis Alberto (4 años) y conmigo (2 años). Más tarde, por necesidad y por
supervivencia, mis dos hermanas fueron enviadas a un internado para niñas. Luis
Alberto, y yo permanecimos siempre bajo el cuidado a veces precario, a veces
tierno de mi padre.
Mis primeros recuerdos comienzan
cuando tenía cuatro años. Vivíamos en el barrio El Jazmín, en el corazón de
Tegucigalpa. Nuestra casa era sencilla
hasta lo imposible: dos cuartos, una cocina pequeña, paredes de madera y un
piso de tierra que se convertía en barro cuando llovía y en polvo cuando hacía
sol.
No teníamos luz eléctrica; la
única claridad que nos acompañaba era la de un viejo candil cuya llama
proyectaba sombras en las paredes y llenaba el ambiente con el olor a humo y
queroseno.
En ese hogar humilde aprendí que la pobreza no solo se vive, se respira. En cada despertar, en cada comida escasa, en cada noche oscura. Pero también aprendí que, aunque no teníamos casi nada, aún podíamos tenerlo todo si nos manteníamos unidos.
Luis Alberto fue mi
compañero, mi refugio, mi fuerza. A su lado descubrí lo que era sentirse
acompañado aun cuando el mundo parecía caerse a pedazos.
Mientras otros se escondían, mi padre salió a la calle, quizás impulsado
por el alcohol, por la indignación, o por un sentido de valentía que nunca
llegué a comprender del todo. Yo, desde la inocencia de mis cuatro años, veía
el cielo encenderse con luces y ruidos que no sabía nombrar.
Mi niñez no se parecía a la de los otros niños. No hubo juguetes nuevos, ni fiestas de cumpleaños, ni zapatos. Lo que sí hubo fue una pobreza extrema que nos enseñó a ser fuertes antes de tiempo.
Pero aun con sus vicios y ausencias, mi padre tenía momentos de nobleza
que yo guardo con cariño. Lo recuerdo, por ejemplo, llevándonos cargados a Mirna
y a mí, y Rosalinda, y Luis Alberto
asidos a su pantalón, hasta la guardería infantil antes de irse a trabajar. Ese
hombre imperfecto hacía lo que podía con lo poco que tenía.
Uno de los recuerdos que más me marcó ocurrió una noche en la que Luis Alberto y yo jugábamos en los alrededores de la casa. Cuando volvimos, ya estaba oscuro y escuchamos ruidos adentro. Nos entró un miedo profundo.
No quisimos entrar solos. Fuimos donde un
amiguito, y su padre nos acompañó a revisar la casa, y aun sentíamos pánico de
la oscuridad de aquel cuarto. Como no encontramos a mi papá, aquel buen hombre tomó la decisión
de llevarnos a la Seguridad Nacional. (Policía)
Allí nos dieron una habitación alfombrada donde dormían las personas que detenían por alguna falta, fue la primera vez que descansaba sobre algo suave aunque fuera en el piso, porque la cama que compartía con mi hermano, era de tablas de madera rustica y sobre las tablas un cartón.
Nos dejaron salir al día siguiente, después de regalarnos un desayuno. Cuando regresamos a la casa, mi padre aún no había aparecido. no podía yo entender el porque mi padre tomaba tanto alcohol, y cuando no llegaba a la casa, era porque la policía lo metía preso por escándalo público.
Yo lo amaba tanto aun cuando
tomaba, porque al vernos el lloraba mucho al arrullarnos en sus brazos.
Como olvidar el primer regalo de
navidad que apareció en mi cama en una mañana de navidad, era un carrito de plástico,
y un paquetito de cohetes. Que emoción tan grande, fue el mejor de mis regalos
porque fue el primero.
Así era nuestra vida: llena de
incertidumbre, carencias y silencios. Pero también llena de instantes que me
enseñaron a ser valiente.
Mi padre trabajaba como pintor, y aunque su alcoholismo empañaba momentos, su talento era indiscutible. Más adelante, ese oficio se convertiría también en mi herramienta de vida.
Pero en
ese entonces, yo era apenas un niño intentando reconocer mi lugar en un mundo
que parecía demasiado grande, demasiado duro y demasiado rápido.
Aquellos primeros años fueron un prólogo áspero y doloroso, pero también fueron la base de todo lo que llegaría después.
Del barro del piso aprendí humildad.
Del humo del candil aprendí a buscar luz incluso en la oscuridad.
Y de la ausencia de mi madre aprendí a
valorar cada gesto de amor que la vida me regalara más adelante.
Yo no sabía entonces que la
historia apenas comenzaba.
(si esta historia de vida te interesa, espera el siguiente Capitulo).
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Papi:
ResponderBorrarHe leído con mucha atención este primer capítulo de su historia y quiero expresarle mi admiración. Usted escribe con una fuerza y una sinceridad que conmueven profundamente. En cada escena pude sentir el olor a tierra húmeda, el sonido de las noches oscuras y también la ternura que lo acompañó, aun en medio de tantas dificultades.
Me impresionó cómo logra que uno conecte con ese niño que, a pesar del dolor y la pobreza, nunca dejó de buscar la luz y el amor. La forma en que recuerda a su madre, la figura de su padre con sus sombras y sus afectos, y la unión con su hermano Luis Alberto… todo está narrado con un corazón que habla con verdad.
Este capítulo atrapa, emociona y deja deseando conocer lo que viene después. Estoy muy orgullosa de usted y del valor que tiene al escribir su vida con tanta honestidad y dignidad. Su historia es importante, y merece quedar escrita para que quienes lo amamos y quienes alguna vez la lean comprendan de dónde viene su fortaleza.
Gracias por confiar y compartir esta parte tan íntima de su pasado.
Estaré esperando con ilusión el Capítulo 2.
Con todo mi cariño y respeto,
Rosaura
Muchas gracias Hija, no es fácil hablar de un pasado como el mío, viviendo no solo en las sombras, sino en la profundidad de ellas, recordar esos episodios de una vida llena de temor, incertidumbre, soledad, y abandono. Porque cuando tu vida se desenvuelve en torno a dos personas, parece que el mundo externo es una irrealidad.
BorrarLe doy gracias a Dios primeramente por que su mano lo a sostenido! Su misericordia su amor los guardo los protegió, en cada noche sin esperanza allí estaba El. Y ahora recordar y compartir todo un proceso de vida es muy valiente. Dios continuará bendiciendo su vida, gracias por compartir su historia que parece muy triste pero en verdad solo los valientes enfrentan y salen adelante con retos tan grandes más a un un siendo apenas niño. Un fuerte abrazo papi! 🤗
ResponderBorrarGracias, son estas palabras llenas de amor, las que nos impulsan cada dia saseguir adelante, hoy me siento rodeado del amor que tanto anhelo en mis largos años de soledad.
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